La velada
Y, por fin, tras dejar atrás los kilómetros de carretera costera, llegaron a Las Terrenas. Habían tomado la ruta más sinuosa y espectacular de la península de Samaná para contemplar el paisaje en todo su esplendor.
Estaban exhaustos. Todos habían presenciado y asimilado tantas cosas nuevas que procesar tanta magnificencia no era asunto de un solo momento.
Playas indómitas, lagunas escondidas, el vaivén del mar abierto, olas gigantescas, un viento impetuoso, cocotales infinitos bordeando la costa norte, el dulzor del coco frío, la piña estallando en el paladar…
Todo aquello era demasiado estímulo terrenal para un solo día.
En cuanto llegaron a la posada, fue directamente al tocador.
Quería ponerse genuinamente hermosa; deseaba mostrarle al Poeta, con una sola mirada, por qué la habían nombrado Miss Cosmos en el firmamento y demostrarle, de paso, que él realmente merecía disculparse de rodillas por haberla llamado fea y chismosa aquella lejana noche en que le lanzó una poesía despechada a la Luna desde su rincón en Kansas.
Por encima de su orgullo sideral, Gaia deseaba estar a solas con el Poeta, escuchar su voz y conocerlo más allá de los prejuicios. También temía decir más de la cuenta y quedar al descubierto ante un mortal.
Eran ya casi las nueve de la noche. El momento había llegado.
Un toque firme y educado sonó en la puerta de la habitación.
—¿Estás lista, Camila? —preguntó el Poeta desde el otro lado.
Ella respondió mientras acomodaba su vestido por última vez.
—¡Listísima! Vamos.
Ambos salieron a caminar despacio bajo la noche cerrada de Las Terrenas, buscando un rincón apartado de la playa donde pudieran encender una fogata y sentarse juntos frente al Atlántico.
Ya junto al fuego, el Poeta tuvo un gesto que desarmó a Gaia: sacó una cobija del automóvil y la colocó con delicadeza sobre sus hombros.
—¿Te sientes cómoda con el frío de la costa?
—¡Jajaja! Inusualmente cómoda —respondió ella, regalándole una sonrisa luminosa—. Te confieso que es la primera vez en toda mi vida que tengo una velada como esta.
—¿Ah, sí? —preguntó él con curiosidad—. ¿Cómo así?
—He tenido citas antes, claro… pero ninguna se parece a esto que estamos viviendo aquí. Y siento que muy fácilmente podría acostumbrarme a este tipo de detalles humanos.
El Poeta frunció apenas el ceño ante aquella respuesta tan misteriosa, pero sonrió y se dejó llevar por el arrullo de la noche de Samaná.
Entonces Gaia, fiel a su naturaleza directa, disparó sin rodeos:
—A todo esto, Poeta… ¿tienes novia actualmente?
La pregunta tomó al escritor por sorpresa. Aun así, respondió con absoluta serenidad.
—No. En este momento no. Tuve una relación muy bonita, pero hace tiempo comprendimos que somos mucho más útiles para el mundo siendo grandes amigos que siendo pareja.
Después le devolvió la pregunta.
—¿Y tú, Camila? ¿Tienes novio en Europa?
«¡Sí, claro! Si es que a lo que pasó con Hamal o a los pretendientes pesados del firmamento se le podía llamar cita…», pensó Gaia para sus adentros, conteniendo la risa.
Pero la turista llamada Camila simplemente respondió:
—No… tampoco tengo novio.
El Poeta la observó fijamente.
—¿Te has enamorado de verdad alguna vez en tu vida, Camila?
Aquella pregunta la dejó fuera de órbita.
Frente a ella estaba el único hombre capaz de desarmarla con una frase sencilla.
—No sé… Creo que sí… tal vez —respondió después de un largo silencio, perdiendo la mirada entre las brasas de la fogata—. Pero prefiero no hablar de eso ahora.
El escritor comprendió inmediatamente que había tocado una fibra demasiado íntima y decidió no insistir.
Sin embargo, Gaia tampoco estaba dispuesta a dejar la conversación ahí.
Le sostuvo la mirada y lanzó la pregunta que llevaba días guardándose.
—Poeta… ¿alguna vez has jugado con los sentimientos de alguien?
—No. Jamás.
La respuesta fue tan inmediata y tan firme que Gaia sintió una profunda decepción.
Ella esperaba que, por fin, confesara todo.
Que dijera algo como:
«Sí… hace muchos años le rompí el corazón a una hermosa estrella del firmamento. Le envié un perfume celestial, una nota atrevida… y después, cuando finalmente la tuve frente a mí en Plutón, la llamé chismosa.»
Pero el silencio ocupó el lugar de aquella confesión imaginaria.
Fue entonces cuando el Poeta recordó el extraño frasco de perfume que aún llevaba consigo en el equipaje.
Bajó la mirada hacia el fuego y habló con una sinceridad que ella no esperaba.
—Aunque… pensándolo bien… sí hay algo.
Gaia contuvo el aliento.
—Hay un asunto muy extraño que lleva mucho tiempo rondando mi cabeza. Es un problema que necesito resolver con alguien de mi pasado. Lo difícil es que nunca hemos vuelto a coincidir.
—¿Y se puede saber de qué se trata? —preguntó Gaia, sintiendo que el corazón de su avatar prácticamente dejaba de latir.
El Poeta levantó la vista hacia las Pléyades, suspendidas sobre el cielo oscuro, y respondió con una serenidad absoluta.
—Es un asunto puramente cósmico, Camila. Un dilema de alta envergadura.
Miró las brasas.
—Es una historia demasiado larga y probablemente difícil de creer… pero la verdad es que tengo una deuda de honor pendiente con una estrella.