Una deuda con una estrella
A partir de aquel instante en Playa Grande, nada volvió a ser igual para Gaia. El hombre que tenía delante se había mostrado sin escudos, y ella se avergonzó de haberlo juzgado con tanta ligereza durante sus catorce años de silencio.
—Y tú, Camila… —rompió el silencio el Poeta, volviéndose hacia ella con una mirada limpia—.
Hasta ahora lo único que sé de tu vida es que vienes de Europa, que tu piel tiene la magia de brillar cuando estás contenta y que tus ojos son hermosos porque reflejan algo puramente celestial.
Pero dime, ¿quién es verdaderamente Camila detrás de esa fachada?
Te propongo exactamente el mismo trato: siéntate conmigo y háblame de Camila.
Por la mente de la deidad pasó en ese segundo una ráfaga fulminante de verdades absolutas que quemaban por salir: «¡Soy la mismísima deidad de las Pléyades!
¡Soy la orgullosa hija de Atlas! ¡Soy la estrella que más brilla en el firmamento nocturno!
¡Soy la del medio de las siete hermanas divinas!
¡Mírame bien, hombre de carne y hueso, soy yo, Gaia!
¡Soy esa misma estrella a quien le enviaste un perfume cósmico y una nota misteriosa que desafió las leyes de mi cielo! ».
Sin embargo, el impacto arrollador de la realidad humana, el respeto ante la confesión del escritor y una timidez recién descubierta en su pecho la contuvieron a tiempo, y de su boca carnal solo lograron salir unas breves palabras susurradas:
—Por favor… Hablamos de mí un poco después, en otro momento. Justo ahora quiero procesar con calma todas las cosas profundas que me acabas de confesar en la arena.
—Me parece justo —asintió el Poeta, guardando silencio un instante antes de lanzar una propuesta con una mirada intensa y penetrante—. En ese caso, ¿qué te parece si esta noche tenemos una velada formal tú y yo a solas?
—¿Una velada? ¿Y qué significa exactamente una velada en este planeta? —preguntó Gaia, parpadeando con curiosidad.
—Una cita, Camila. Una cita romántica entre los dos.
Gaia se puso de golpe más blanca que un papel debido a la intensidad de su propio brillo interno que amenazaba con romper el avatar, y con el corazón latiéndole a un millón de revoluciones en el pecho, exclamó desbordada de alegría:
—¡Sí! ¡Por supuesto que acepto! ¿A qué hora nos vemos?
—¿A las nueve de la noche te parece bien? —propuso el escritor con una sonrisa caballerosa.
—Sí, a las nueve de la noche está perfecto para mí. Allí estaré.
Ambos se levantaron de la arena y llamaron a Andrés y a Electra. Regresaron al vehículo y emprendieron el viaje hacia el próximo destino de la península de Samaná: ¡Las Terrenas!