Siéntate conmigo
—¡Para empezar, mi nombre real no es Poeta!
—rió el escritor con suavidad, mirando las olas—.
Me dicen así por cariño. Realmente yo no soy un poeta consumado, o al menos no me considero como tal ante el espejo.
Soy solo un hombre común de carne y hueso que primero se encarga de vivir con intensidad, y luego traduce esa vida en poesía.
Por mucho tiempo anduve perdido; no solo en los caminos de mi propio mundo, sino también atrapado en las redes de mis propios pensamientos oscuros.
Nací aquí, soy orgullosamente de aquí y siempre seré de estas tierras dominicanas, porque ellas representan la parte más sagrada de mi vida y de mis grandes amores.
He vivido al máximo, he compartido con reyes y mendigos, he perdido cosas invaluables…
Pero jamás, a pesar de los golpes, he dejado que la vida me robe la hermosa oportunidad de buscar y ver lo bello en cada pequeña cosa que me rodea.
El Poeta clavó los ojos en el horizonte plateado de Playa Grande antes de continuar:
Gaia lo interrumpió por un breve instante, sintiendo un nudo en la garganta y hablando con la voz un poco quebrada por la emoción:
—¿Y qué piensas tú hoy en día de todas esas personas del universo que creyeron que estabas simplemente de parranda o divirtiéndote a costa de los demás durante esos catorce años de ausencia?
—Solo puedo decir que esas personas no me conocen —respondió él con una calma que desarmaba cualquier sospecha—. Si el destino me permitiera tenerlas hoy frente a mí, les pediría una sola cosa.
—¿Qué les pedirías? —susurró la deidad.
—Les diría: «Siéntate conmigo». Les pediría que se tomaran el tiempo de hacerme la misma pregunta que tú acabas de hacerme.
A Gaia se le aguaron los ojos bajo las gafas de sol. En su pensamiento cósmico solo rondaba una palabra que la timidez y el orgullo aún no le permitían pronunciar frente al escritor: «¡Perdóname!».