La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) ¿Quién eres realmente?
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¿Quién eres realmente?

Volvieron al carro y continuaron por la carretera de la costa, devorando kilómetros bajo el sol de la tarde.

Después de avanzar un buen trecho, se detuvieron a la entrada de Playa Grande.

El viento atlántico arreciaba y levantaba pequeñas cortinas de arena.

Parquearon bajo unas palmeras y, junto al sendero, descubrieron un pintoresco puesto de coco frío.

—¿Han tenido ustedes alguna vez el privilegio de probar el coco frío en su tierra? —preguntó el Poeta, bajándose del auto.

—No, jamás —respondieron las dos chicas al unísono, acomodándose los vestidos.

—Pues no tienen idea de la delicia que se están perdiendo. Vamos a arreglar ese problema.

El Poeta compró cuatro cocos grandes, pidió que sirvieran el agua cristalina en vasos y que le añadieran un toque de azúcar.

Al probar el primer sorbo a través de los calimeticos, los tres viajeros interestelares vieron estrellitas: jamás, en sus milenarias existencias, habían conocido aquel sabor tropical. Y aquello era una verdad literal.

Mientras saboreaba la fruta, una pregunta rondaba la cabeza de Gaia: «¿Quién es verdaderamente este hombre de carne y hueso?

¿Es el escritor que investigué o me lo cambiaron en el camino?

». Solo conocía la faceta ególatra que la irritaba en sus manuscritos.

Ahora descubría a un hombre maduro, atento y desprendido que la hacía sentir como la huésped más importante del planeta.

Gaia seguía atrapada en sus pensamientos cuando Electra se acercó sonriendo:

—¿Y en qué tanto piensas con esa mirada perdida, amiga mía? ¿Será que puedo adivinar con facilidad lo que pasa por tu mente ahora mismo?

—A ver, te desafío a que lo intentes —la retó Gaia, entornando los ojos con picardía.

—Te está gustando mucho lo que estás viendo de este mortal, ¿verdad? —le susurró Amelia al oído.

Gaia hizo un gesto intermedio de aprobación con la cabeza, dibujando en sus mejillas una expresión que delataba casi una timidez y una vergüenza humanas.

El Poeta las invitó a bajar hacia la orilla.

Desde el acantilado contemplaron una alfombra interminable de arena blanca, custodiada por olas bravías que la arropaban con espuma.

Las autoridades de socorro prohibían el baño por la fuerza del oleaje, pero aquel escenario bastó para que el Poeta y Gaia conectaran como nunca antes.

Se quedaron caminando a solas por un momento, apartados del grupo, y Gaia, decidida a romper las máscaras, lanzó la pregunta directa que marcó el rumbo de toda la conversación:

—Ven acá… ¿Por qué razón todo el mundo te dice Poeta con tanto respeto? ¿Me puedes hablar un poco de ese escritor? ¿Quién eres tú realmente detrás de tus textos?

Al Poeta se le iluminó el rostro de nostalgia. Pocas veces alguien se le acercaba con interés genuino para decirle: «háblame de ti».