La luz de una estrella
La aventura por la Laguna Gri-Gri resultó sencillamente inolvidable para los cuatro.
Definitivamente ya no eran los mismos que habían llegado aquella mañana.
Salieron del agua con una alegría desbordada y una energía distinta.
Incluso Camila, para sorpresa de Amelia, dejó por un momento a un lado su espíritu impulsivo para entregarse a una contemplación silenciosa del paisaje caribeño.
Mientras caminaban de regreso al estacionamiento, el Poeta la observó de reojo.
—Camila… ¿te sientes bien? Te noto muy pensativa.
Ella sonrió.
—Nunca, en toda mi existencia, me había sentido tan bien como hoy. Ha sido una experiencia mágica.
—Me alegra muchísimo escucharte decir eso.
El escritor señaló el vehículo.
—Pero será mejor que continuemos. Todavía nos queda mucha costa por descubrir.
—Pues adelante. Estoy ansiosa por saber qué más nos espera.
Por primera vez desde que descendió al mundo de los mortales, Camila dejó de pensar en las cartas, en el perfume y en todos los misterios que había venido a investigar.
Simplemente decidió vivir.
Fue precisamente entonces cuando el Poeta aprovechó que Andrés y Amelia caminaban unos pasos más atrás.
—Camila… hay algo que quiero preguntarte desde que te conocí.
Ella giró la cabeza.
—¿Qué sucede?
—¿Por qué cada vez que te emocionas tu piel parece brillar?
Camila sintió un pequeño sobresalto.
Pero logró sonreír.
—¿De verdad?
Bajó la vista hacia sus manos.
—Qué extraño… Nunca nadie me había dicho algo así.
El escritor negó con la cabeza.
—Tus emociones te delatan.
El viento le movió la melena.
—No es solamente tu cabello.
Ni tus ojos.
Hay algo más.
Cuando el viento mueve tu melena, pareciera que ella forma parte del paisaje.
Y cuando uno mira tus ojos…
Guardó silencio.
—…es como mirar un misterio demasiado antiguo.
Camila sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿Y qué misterio crees que esconden?
El Poeta sostuvo su mirada.
No dudó un solo instante.
—La luz de una estrella.
Todo el cuerpo de Camila se estremeció.
«¡Santas Pléyades!»
«Este hombre me descubrió.»
A unos metros de distancia, Amelia alcanzó a escuchar aquellas palabras.
Comprendió el peligro.
Sin perder un segundo se acercó sonriendo.
—Mi amiga siempre ha tenido unos ojos preciosos, ¿verdad, Poeta?
La interrupción rompió por completo la tensión.
Acto seguido tomó a Camila del brazo.
—Disculpen un momento.
Las dos se alejaron unos metros hasta quedar bajo la sombra de un árbol.
Amelia esperó un instante.
Después explotó.
—¡Gaia, por el amor de Dios! ¡Por poco te delatas!
—¡No me iba a delatar! —protestó ella.
—¿Entonces qué fue esa cara?
Gaia respiró hondo.
—Simplemente… me quedé sin palabras.
Amelia abrió mucho los ojos.
—¿Tú?
—Sí…
Gaia soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Sabes hace cuánto tiempo no me ocurría eso?
—Nunca.
—Exactamente.
Nunca.
Y ese simple mortal lo consiguió con dos frases.
Es un peligro.
—Compórtate.
Recuerda por qué estamos aquí.
No podemos levantar sospechas.
Gaia suspiró.
Después volvió a mirar discretamente hacia donde permanecía el escritor.
—Pero… ¿escuchaste exactamente lo que me dijo?
—Sí.
—«La luz de una estrella».
Amelia sonrió con tranquilidad.
—Porque es poeta.
Habla con metáforas.
No tiene idea de la verdad.
Gaia no respondió.
Solo sostuvo una sonrisa difícil de interpretar.
—…o quizá sí.
—¡Gaia!
—Está bien…
Ya entendí.
Las dos regresaron junto a los hombres como si nada hubiera ocurrido.
El Poeta tampoco volvió a mencionar el tema.
Pero aquella conversación quedó cuidadosamente guardada en el rincón más profundo de su memoria.
A partir de ese día, dejó de creer en las casualidades.