La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Laguna Gri-Gri
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Laguna Gri-Gri

El vehículo seguía devorando kilómetros por la autopista del norte. A esas alturas del recorrido, las conversaciones entre los cuatro ocupantes se habían vuelto escasas; todos preferían entregarse, en un respetuoso silencio, a contemplar la imponente belleza del paisaje caribeño.

Guiados por el mapa, llegaron de pronto a un lugar que, a simple vista, parecía discreto y escondido.

Ni siquiera el Poeta lo conocía.

También era la primera vez que visitaba aquel rincón de Río San Juan.

Frente a ellos solo aparecía una pequeña laguna de aguas tranquilas, rodeada de casetas de madera y pequeños negocios locales. Durante unos segundos estuvieron a punto de dar la vuelta y continuar el viaje.

Pero Andrés, guiado por su eterna curiosidad de caoba, caminó hasta el muelle, observó las embarcaciones y preguntó:

—Poeta… ¿será que podemos montar en uno de esos botes para ver qué hay más allá?

—No lo sé… pero vamos a averiguarlo.

El escritor se acercó a la caseta de boletos.

Allí le explicaron que el recorrido completo costaba entre dos mil quinientos y tres mil pesos dominicanos y que el paseo podía extenderse durante varias horas.

—¿Varias horas? —pensó el Poeta, arqueando una ceja—. ¿Qué tanto puede haber para ver metido en un bote?

El lanchero sonrió.

—Muchísimo, jefe. Aquí hay lugares que solo se conocen desde el agua.

Entonces señaló el gran letrero de la entrada.

LAGUNA GRI-GRI.

Sin pensarlo dos veces, los cuatro subieron a la embarcación.

El recorrido comenzó navegando por un estrecho canal de agua dulce que nacía en las entrañas mismas de la laguna.

Los manglares formaban un túnel natural sobre el agua. Sus raíces, retorcidas y entrelazadas, parecían esculturas vivientes que abrazaban el canal.

Después de casi un kilómetro de navegación, el bote cruzó la desembocadura y salió de golpe al océano Atlántico.

Era la primera vez en toda la historia del cosmos que Camila, Amelia y Andrés contemplaban el mar desde su propio corazón y no desde la seguridad de la playa.

Como si el cielo hubiera decidido bendecir aquella aventura, una lluvia intensa comenzó a caer sobre el litoral.

El viento agitó las olas.

La pequeña embarcación empezó a subir y bajar con fuerza.

Al ver la emoción de sus pasajeros, el lanchero aceleró el motor fuera de borda.

La proa comenzó a romper las olas mientras el bote saltaba sobre el agua.

Las dos estrellas gritaron de emoción.

Andrés también.

Y el Poeta terminó riéndose como un muchacho, aferrado al borde de la embarcación.

Fue, sin duda, una experiencia inolvidable.

Unos minutos después llegaron a una pequeña ensenada protegida por grandes paredes de roca.

El agua era transparente y permanecía tranquila, aislada de la fuerza del mar abierto.

El guía les indicó que podían nadar allí con total seguridad.

Las dos deidades sonrieron de oreja a oreja.

Hasta ese momento siempre habían imaginado las playas como lugares inmóviles donde los seres humanos simplemente descansaban bajo el sol.

Ahora descubrían que el océano también podía convertirse en una aventura.

El Astro Rey había cumplido su promesa.

Aquella misma mañana, fiel a la palabra que le había dado a Electra, el Sol había envuelto toda la costa con un calor discreto y constante, capaz de neutralizar cualquier peligro que el agua de cielo pudiera representar para ellas.

Por eso ahora la lluvia caía sin amenaza alguna, como una caricia más del propio Caribe.

El sol acariciaba con suavidad sus nuevos cuerpos humanos, mientras las nubes descargaban una lluvia fresca sobre ellos.

Pero estaban tan felices que ni siquiera prestaban atención al aguacero.

Cada gota parecía formar parte del viaje.

Mientras nadaban, el Poeta no podía evitar observar discretamente a Camila.

Había algo en su manera de reír, en la profundidad de sus ojos y en la energía que transmitía que le recordaba demasiado a alguien con quien llevaba mucho tiempo deseando conversar.

Por primera vez comenzó a preguntarse si realmente existían las casualidades.

Andrés, en cambio, tenía toda su atención puesta en el paisaje.

Observaba fascinado las inmensas paredes de roca, el color del agua y las olas que rompían a lo lejos como enormes edificios líquidos.

Amelia tampoco se alejaba demasiado de él.

Siempre buscaba permanecer a su lado, disfrutando de ese inconfundible aroma a caoba que parecía envolverlo.

Y, cada vez que el viento le traía aquel perfume, volvía inevitablemente al mismo recuerdo.

El instante en que sus labios tocaron los de Andrés sobre la arena.