Eso se lleva en el alma
Al momento de subir, el Poeta encendió el motor.
—¿Quién se monta adelante?
Camila, que estaba más cerca, ocupó el asiento. Amelia y Andrés viajaron atrás.
Con el paso de los kilómetros, la carretera serpenteó entre montañas, pueblos y sembradíos. En los semáforos aparecían vendedores ambulantes ofreciendo de todo, mientras que, a la orilla de la carretera, los puestos de frutas tropicales llenaban el paisaje de colores.
Al Poeta se le ocurrió detenerse para comprar el desayuno.
Las prisas de aquella mañana no les habían permitido comer antes de salir.
Como era de esperarse, ni Andrés ni las dos estrellas habían probado jamás una piña, una lechosa o una naranja recién cortadas.
Andrés fue el primero en probar un trozo de piña.
En cuanto lo mordió, volvió a sentir aquella explosión de sabores que tanto lo maravillaba desde que habitaba un cuerpo humano.
Las fibras dulces, el jugo y ese equilibrio entre acidez y dulzura parecían desafiar toda lógica conocida.
Las dos estrellas tampoco pudieron ocultar el asombro.
Camila cerró los ojos, rendida ante el sabor.
—¿Pero es que en el universo entero existe una delicia como esta?
El Poeta giró apenas la cabeza.
—¿Cómo que en el universo, Camila? ¿En Europa no venden piñas?
Camila reaccionó al instante.
—¡Ay!… Es un decir, cariño… Solo quise decir que nunca había probado una tan rica.
El apelativo bastó para desviar la atención del escritor.
La carretera continuó internándose entre las montañas hasta que, horas después, el paisaje volvió a abrirse.
Frente a ellos apareció nuevamente el Atlántico.
Pero aquel mar no era el mismo del día anterior.
Ahora el viento empujaba las olas con violencia y estas estallaban contra los arrecifes levantando columnas de espuma blanca.
El Poeta detuvo el vehículo junto al letrero que anunciaba la entrada a Gaspar Hernández.
Todos descendieron.
Camila y Amelia caminaron hacia la orilla del acantilado, hipnotizadas por la fuerza del océano.
Andrés y el Poeta permanecieron apoyados en las puertas del vehículo, observándolas en silencio.
Había algo hermoso en la manera en que aquellas dos mujeres contemplaban el mar.
Aunque, siendo sinceros, Andrés apenas lograba mirar el paisaje.
Su mente seguía detenida en la sonrisa de Amelia.
En ese momento apareció un hombre del pueblo cargando una guitarra.
Sin pedir permiso, comenzó a tocar una bachata.
Las dos estrellas se quedaron inmóviles.
No sabían exactamente qué estaba ocurriendo, pero aquella música parecía hablar directamente con algo que existía dentro de ellas.
Cuando terminó la canción, Camila sonrió.
—¿Podría tocar otra?
El guitarrista aceptó encantado.
Al finalizar la segunda pieza, el Poeta se acercó discretamente y le entregó un billete.
Ya de regreso en el vehículo, Andrés preguntó:
—Poeta… ¿por qué le pagaste si él quiso cantar por voluntad propia?
El escritor acomodó el retrovisor antes de responder.
—Porque ese también es su trabajo. Él alegra el camino de quienes pasan por aquí y, al mismo tiempo, se gana la vida con dignidad.
Guardó silencio.
—No lo veas como un pago, Andrés. Míralo como un agradecimiento.
El carro volvió a ponerse en marcha.
—Y recuerda otra cosa. Aquí, cuando un dominicano te hace un favor, casi nunca espera nada a cambio. Si puedes agradecerle con algo, lo haces con gusto. Si no puedes, simplemente le das las gracias.
Sonrió.
—Lo más probable es que te responda: «No, tranquilo, vecino. Un favor se le hace a cualquiera».
Andrés permaneció mirando por la ventana.
Después dijo en voz baja:
—Ahora entiendo por qué eres como eres allá en Kansas.
El Poeta sonrió sin apartar la mirada del camino.
—Porque esas cosas, mi hermano… no se aprenden.
—Se llevan sembradas en el alma.