La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Andrés y la placa
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Andrés y la placa

El Poeta y Andrés llegaron finalmente de regreso al pequeño y pacífico pueblo de Hesston, Kansas. Los días de sol, bachata y mar abierto habían quedado atrás en el calendario.

Andrés volvió a asumir con paciencia su silencioso papel de banco en aquel parque ubicado en las afueras del Dyck Arboretum of the Plains.

El escritor, por su parte, decidió marchar primero a casa a darse un buen baño caliente para despejar la mente y luego regresar al parque a sostener una larga conversación con él; una plática que no trataría sobre nuevas estrategias literarias, sino más bien sobre cómo se sentían ambos internamente después de haber vivido un viaje tan intensamente humano y sobre las maravillosas personas que habían tenido la oportunidad de conocer en la isla.

El Poeta entró en su hogar y saludó con respeto a la Señora Sábana y a sus delgados hilos. Ella le respondió desde el colchón y preguntó con timidez, mientras los hilos dorados lo miraban con el recelo habitual ante sus ausencias:

—¿Acaso me llegó a extrañar en su viaje, señor? ¿Y dígame, de verdad yo le hice alguna falta durante sus noches en el Caribe?

—Si le soy honesto, mi querida amiga, pasé siete días junto a la playa y casi no dormí en una cama formal… Pero siempre la tuve presente —respondió el escritor con una sonrisa caballerosa.

Solo bastó esa sutil respuesta poética para que la Señora Sábana se derritiera nuevamente de amor y se estirara sobre el colchón, totalmente complacida:

—Lo espero con ansias esta noche en la habitación, señor.

—Claro que sí. Regresaré un poco tarde, pero aquí estaré.

El escritor se dio un baño relajante, agradeciendo de corazón a las gotas de agua como hacía meticulosamente todos los días, sintiendo cómo un nuevo poema comenzaba a florecer con fuerza en su mente.

Se vistió con ropa limpia, se colocó un toque de colonia fresca y caminó a paso firme de regreso al parque hasta llegar al rincón donde lo aguardaba su gran amigo de caoba.

—Buenas noches, mi querido amigo. ¿Cómo te trata el frío de Kansas? ¿Cómo estás? —preguntó el Poeta, tocando su madera con afecto.

—Ay, Poeta… La verdad es que se siente un poco raro volver a ser un banco rígido tras haber bailado tanto, pero en el fondo de mi alma me siento inmensamente feliz —respondió la voz de Andrés—.

Y todo esto te lo debo única y exclusivamente a ti.

Te agradezco desde lo más profundo de mi ser el haberme regalado, sin buscarlo, el viaje de mi vida.

—Andrés, al contrario, soy yo quien te agradece a ti con el alma el haber aceptado acompañar en esta locura a este viejo escritor —el Poeta suavizó la mirada y acarició el respaldo de madera—.

Y precisamente hoy, en este regreso, tengo que cumplirte una promesa muy importante que te hice hace ya mucho tiempo en este parque.

—¿A qué promesa te refieres exactamente, Poeta?

—Te dije una tarde que, cuando llegara el momento adecuado, te contaría la verdadera razón de por qué decidí llamarte Andrés en mis manuscritos.

—Sí, lo recuerdo. Me dijiste que había una razón sagrada.

—Te llamé Andrés en honor a un hermano muy querido de mi juventud; un hermano del alma que partió inesperadamente a los veintisiete años. No tuvimos oportunidad de despedirnos… Un día se fue al cielo en silencio.

La noble madera de caoba pareció vibrar con una ternura profunda, cálida y sobrehumana antes de emitir su respuesta:

—Muchísimas gracias, Poeta. Te lo digo de corazón. Desde el día de hoy ya no soy solamente tu fiel amigo; desde hoy, ante el universo, me considero tu hermano.

—Por esa precisa razón te otorgué ese nombre, amigo mío.

Porque a partir de hoy, en esta nueva etapa, ya nunca más serás catalogado como «el banco», ni volverás a ser llamado el «Banco Soledad».

Desde hoy tu único y legítimo nombre es Andrés.

Desde hoy, en lo más profundo de mi corazón, ese es tu único nombre para siempre.

—Un nombre real para mí… Gracias, mi querido Poeta. Gracias por darme una identidad.

Después de un emotivo y profundo abrazo espiritual entre los dos amigos, y después de que Andrés fuera oficialmente bautizado con ese nombre de forma definitiva por el escritor, este sacó de su bolsillo una pequeña y elegante placa metálica en la cual había mandado a grabar con letras firmes el nombre de ANDRÉS.

Con mucho cuidado y respeto, se la atornilló en una de las maderas superiores del respaldo para que todo el mundo que pasara por el Dyck Arboretum pudiera verla con claridad.

Mientras ambos conversaban animadamente sobre los recuerdos de Las Terrenas bajo el frío de la noche de Kansas, allá arriba, en la inmensidad del firmamento nocturno, las estrellas miraban atentamente hacia abajo; contemplaban con ternura al banco de madera y miraban fijamente el andar del escritor.

¡Pero de pronto, algo llamó poderosamente la atención cósmica de Electra: ese preciso nombre resplandeciendo en la placa de metal!

Su luz comenzó a palpitar con una intensidad que hacía días no se veía en las Pléyades.

Abajo, ajeno a la señal cósmica, el Poeta le contaba a Andrés que había terminado un nuevo texto dedicado a Gaia, aunque temía cómo lo recibiría. Andrés, con la sabiduría que le dio haber amado en la arena, le aconsejó:

—No lo pienses tanto, Poeta… Simplemente habla con el corazón en la mano, como lo hiciste en la playa.

Pero allá arriba, en la majestuosa inmensidad del firmamento, Gaia observaba el brillo de la placa, se cruzaba de brazos con orgullo celestial y solamente se hacía una pregunta imperiosa en su mente cósmica: «¿Cuándo diablos será el día en que este escritor se digne a cumplir su promesa y me invite formalmente a tomarnos ese bendito café en la Tierra?

Porque de que me lo debe, me lo debe con creces…

¡Y en este vasto universo, al que a mí me debe, me paga hasta el último centavo! ».

CONTINUARÁ