Ese olor me pone a millón
—Gaia… de verdad, con el corazón en la mano, ¿viste lo guapo que es Andrés? —preguntó Electra, dejándose caer sobre la cama del hotel con una sonrisa que no conseguía ocultar.
—Sí… —admitió Gaia mientras se soltaba el cabello rojo frente al espejo—. Hay que reconocer que tiene muy buena presencia. Aunque, a decir verdad, a veces me da la impresión de que es un niño atrapado dentro del cuerpo de un hombre.
—Pues yo creo exactamente lo contrario —respondió Electra con un suspiro—. Es un hombre hecho y derecho… que todavía conserva un alma de niño.
Gaia sonrió de lado.
—Dejando a Andrés a un lado… ¿te fijaste en la forma en que el Poeta nos habló cuando dijo que no permitiría que regresáramos solas en las cuatrimotos? ¿Pero qué carajos se cree ese caballero?
Electra soltó una risa.
—Así son muchos hombres aquí en la Tierra. Les nace querer proteger a las mujeres… y, para serte sincera, a muchas les gusta sentirse protegidas.
—Sí, pero hay un pequeño detalle, Amelia… ¡Yo no soy una mujer cualquiera! Soy una estrella del firmamento. No necesito que nadie me proteja.
Electra la miró fijamente.
—Gaia… admítelo.
—¿Qué cosa?
—Que te encantó la manera en que te habló.
Gaia guardó silencio.
—Por primera vez en millones de años alguien te habló con firmeza… y no saliste corriendo a discutirle.
—¡Ay, por favor! Cambiemos de tema.
Se giró rápidamente para esconder el rubor.
—Hablemos de algo realmente importante. ¿Qué estrategia vamos a usar mañana para sacarles toda la verdad a esos dos?
Cada vez estoy más convencida de que ese par esconde algo.
Mientras más conozco este rincón del Caribe, más sentido me hace esa teoría.
Cualquiera podría desaparecer aquí durante semanas sin que nadie lo encontrara.
Electra negó despacio.
—No estoy tan segura de eso… Pero sí creo que deberíamos aceptar la invitación. Aunque solo sea para conocer mejor la zona.
Gaia soltó una carcajada.
—¡Ay, Electra! Tú no quieres descubrir ningún misterio.
—¿Ah, no?
—No. Tú lo único que quieres es pasar más tiempo cerca de Andrés.
Electra levantó la barbilla.
—A diferencia de ti, yo no me escondo detrás de excusas.
Sonrió antes de continuar.
—Sí. Me gusta.
Gaia abrió mucho los ojos.
—¡¿Así de fácil lo dices?!
—Claro.
Volvió a suspirar.
—Y hay otra cosa…
—¿Qué?
—Ese aroma a madera que desprende… no sé qué tiene, Gaia. Pero me pone a millón.
Gaia estalló en una carcajada.
—¡Jajaja! ¡Tú sí estás dominicanizada! Mira cómo hablas ya.
—Pues espérate unos días más y verás que tú vas por el mismo camino.
Gaia señaló el teléfono.
—Anda, mándales el mensaje de una vez. Diles que aceptamos la invitación.
Luego sonrió con esa mezcla de picardía y determinación que tanto la caracterizaba.
—Mañana iremos a El Castillo… y te juro que, pase lo que pase, voy a descubrir quién es realmente ese Poeta.