La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) ¿Qué habrá pasado con las estrellas?
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¿Qué habrá pasado con las estrellas?

Andrés y el Poeta regresaron finalmente hacia el hotel, no sin antes dar una última vuelta por el litoral. Esta vez prefirieron no bajar a la arena; permanecieron dentro del vehículo, en silencio, contemplando cómo el reflejo plateado de la luna se deslizaba suavemente sobre la superficie del mar.

A través del parabrisas vieron algunos perros caminar sin rumbo por las calles oscuras, husmeando entre las esquinas en busca de algo que comer.

Andrés rompió el silencio.

—Poeta… ¿esos perros que andan sueltos no tienen dueños que los cuiden?

—Son perros callejeros, mi querido Andrés. Aquí no pertenecen a nadie en particular. Sobreviven como pueden, y en el Caribe es bastante común verlos así.

Andrés permaneció pensativo.

Durante décadas había observado perros desde su rincón del parque en Kansas, siempre acompañados por sus dueños, sujetos con una correa y premiados con una galleta después de obedecer una orden. Aquella libertad desamparada le resultaba difícil de comprender.

Pasaron algunos minutos en silencio.

Andrés volvió a levantar la vista hacia el firmamento.

—Poeta… ¿qué crees que habrá pasado realmente con las estrellas?

El escritor también miró al cielo.

—Eso mismo me preguntaba hace un rato, mientras estaba sentado en la playa.

No entiendo cómo desaparecieron de un día para otro.

Y, para serte sincero, cada vez pienso más en Gaia.

Tengo una conversación pendiente con ella…

y comienzo a creer que quizá la he juzgado durante todo este tiempo sin conocerla de verdad.

Andrés asintió despacio.

—Te entiendo… Pero, si te soy sincero, yo tampoco puedo dejar de pensar en mi estrella.

El Poeta sonrió.

—¿Amelia?

—Sí…

Andrés soltó una pequeña risa.

—No logro sacarme de la cabeza ese beso que me dio en la playa.

El Poeta negó divertido.

—Andrés, otra vez con lo mismo. Ya te expliqué que eso no fue un beso de amor. Te estaba haciendo respiración boca a boca.

—Pues mira, Poeta… después de escuchar durante tantos años todo lo que escribes sobre el amor, puedo asegurarte una cosa.

—¿Cuál?

—Que eso que sentí en mis labios fue un beso con todas las de la ley.

El Poeta soltó una carcajada.

—Está bien, está bien… No voy a discutir contigo esta noche.

Encendió el motor.

—Vamos a descansar. Mañana nos espera un día largo y todavía nos queda mucho Caribe por descubrir.

El vehículo se perdió por la carretera, mientras, sobre ellos, dos espacios vacíos seguían brillando en las Pléyades, sin que ninguno de los dos sospechara que aquellas estrellas ausentes dormían, en ese mismo instante, a solo unos kilómetros de distancia.