Todo lo que significa estar vivo
—¡La noche está hermosa! —exclamó el Poeta, deteniéndose un instante al salir del restaurante de doña Nina para contemplar el firmamento caribeño.
—Sí que lo está, Poeta —coincidió Andrés, respirando la brisa templada que llegaba desde la costa.
El escritor alzó la vista hacia la bóveda celeste y volvió a encontrarse con la misma anomalía que llevaba varios días rondándole la cabeza.
«¿Dónde carajos estarán las dos estrellas ausentes de las Pléyades?».
Lo que el sensible escritor ignoraba por completo era que aquellas dos estrellas caminaban, respiraban y sonreían a tan solo unos pasos de él.
Como caballero de otra época, el Poeta se volvió hacia las muchachas.
—¿Nos permitirían acompañarlas hasta el hotel? Ya es bastante tarde y preferiría que no regresaran solas por esa carretera.
Camila hizo un gesto despreocupado.
—¡Ay, por favor! No hace falta tanta preocupación. Podemos volver en las cuatrimotos.
El Poeta negó con firmeza.
—No. De ninguna manera.
Su voz sonó grave, serena y llena de esa autoridad natural que no necesitaba imponerse para ser obedecida.
—No me quedaría tranquilo sabiendo que andan solas de noche por esos caminos. Nos vamos todos juntos en el carro.
Camila guardó silencio.
Jamás, en sus millones de años de existencia, había sentido que una simple voz despertara semejante sensación de protección dentro de ella. Aquel tono firme no le sonó autoritario, sino extrañamente seguro; como si, por un instante, alguien hubiera decidido cuidar de ella sin pedir nada a cambio.
Sin discutir, subió al asiento trasero.
Amelia, por su parte, apenas apartaba la mirada de Andrés. Procuró sentarse cerca de él durante todo el trayecto. Aquel inconfundible aroma a madera que desprendía seguía despertándole un recuerdo que permanecía escondido en algún rincón de su memoria cósmica.
El viaje transcurrió casi en silencio.
Un silencio lleno de preguntas.
Cuando finalmente llegaron al hotel, el Poeta apagó el motor y sonrió.
—¿Nos permitirían invitarlas mañana a conocer un poco mejor esta parte de la costa?
Andrés buscó discretamente la mirada de Amelia.
Sus ojos parecían decir una sola cosa.
«Por favor… acepta.»
Camila respondió con una sonrisa tranquila.
—¿Puedo darte la respuesta mañana por la mañana?
—Por supuesto. No hay ninguna prisa.
Las dos muchachas se despidieron y entraron al hotel.
Les esperaba una larga noche de conversaciones, preguntas y confesiones.
El Poeta quedó inmóvil detrás del volante.
Sin proponérselo, volvió a recordar aquel cabello rojo imposible de ignorar y la profundidad de unos ojos que todavía seguían mirándolo desde algún lugar de su memoria.
Andrés, en cambio, ya no cabía dentro de sí.
Pensaba en Amelia.
Pensaba en el mar.
Pensaba en el primer café, en la bachata, en la comida, en la arena, en las montañas y en cada uno de los milagros que había descubierto desde que dejó de ser un banco de madera.
Y comprendió que, después de tantos años contemplando la vida desde un mismo rincón del parque, por fin entendía lo que significaba estar vivo.