Situaciones cósmicas
Las dos estrellas regresaron del parque mucho más serenas, intentando ocultar el torbellino que todavía agitaba sus corazones.
Amelia tomó la palabra.
—Andrés, de verdad le debemos una disculpa a usted y a su amigo. Creo que el calor, el hambre y la impresión de todo el día terminaron haciéndonos una mala jugada.
—¡Pero eso le puede pasar a cualquiera! —respondió Andrés con una sonrisa sincera—. Lo importante es que ya están bien. Vamos a sentarnos a cenar de una vez, que doña Nina nos preparó un banquete que huele de maravilla.
El Poeta se levantó y acomodó una silla para Camila con la naturalidad de un caballero. Andrés, sin pensarlo dos veces, imitó el gesto con Amelia.
Cuando todos estuvieron sentados, llegó el momento de las presentaciones.
—Mucho gusto. Me llamo Camila.
—Y yo soy Amelia.
—Encantado —respondió el Poeta con una sonrisa cordial.
Tras un breve silencio, la curiosidad pudo más que él.
—¿Y ustedes son de dónde?
Camila respondió sin vacilar.
—De Europa.
El Poeta arqueó ligeramente una ceja.
—Europa es bastante grande. ¿De qué país exactamente?
Las dos se miraron apenas una fracción de segundo.
Electra reaccionó antes de que Gaia improvisara un desastre mayor.
Levantó los cubiertos.
—¡Ay, pero qué hambre tengo! Si seguimos hablando, la comida se nos enfría.
La estrategia funcionó.
Doña Nina apareció justo en ese instante con los platos humeantes.
El aroma invadió la mesa.
Andrés dio el primer bocado.
Sus ojos se abrieron por completo.
—¡Pero qué cosa más buena!
El Poeta le dio un discreto codazo por debajo de la mesa.
Andrés lo miró confundido.
—¿Por qué me pegaste?
El escritor mantuvo la sonrisa mientras apretaba los dientes.
—Porque te dije que disimularas un poquito.
—Pero si solo estaba diciendo la verdad…
Camila observaba la escena con atención.
Cada gesto.
Cada palabra.
Cada silencio.
Después levantó la mirada hacia el Poeta.
—¿Usted nació por aquí?
Él negó con la cabeza.
—No exactamente. Soy de Santiago. Pero esta costa terminó convirtiéndose en mi refugio. Siempre que siento que el mundo pesa demasiado, regreso aquí. No sé explicarlo… este lugar siempre encuentra la manera de reconstruirme.
Camila bajó la mirada.
Aquella respuesta tenía exactamente el mismo tono que había encontrado tantas veces en los escritos del Poeta.
Era como escuchar un poema pronunciado en voz alta.
—¿Y usted, Andrés? —preguntó entonces—. ¿También es de Santiago?
Andrés sonrió.
—Digamos que mi esencia pertenece a esta tierra… aunque, pensándolo bien, también pertenece a muchas otras.
El Poeta soltó una pequeña risa.
—No le hagan mucho caso. Mi amigo tiene la costumbre de ponerse filósofo sin previo aviso.
—¿Y qué los trae por Puerto Plata? —preguntó Camila, manteniendo el interrogatorio con absoluta naturalidad.
Andrés respondió antes de que el Poeta pudiera intervenir.
—Necesitábamos unas vacaciones. Tenemos algunas situaciones cósmicas pendientes por resolver.
Camila levantó una ceja.
Amelia dejó de mover el tenedor.
—¿Situaciones… cósmicas? —preguntó Camila con una sonrisa apenas disimulada.
El Poeta sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No, no… es solo una forma de hablar de él.
Luego tomó el vaso y sonrió para cambiar de tema.
—Bueno… si seguimos conversando, la comida se nos enfría.