La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Como dos guanábanas maduritas
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Como dos guanábanas maduritas

El Poeta salió de la playa caminando despacio.

Siempre le había gustado regresar bajo la luz de la luna.

Aunque ella nunca le hablara con palabras, sentía que iluminaba su camino y lo acompañaba en silencio durante cada uno de sus recorridos nocturnos.

Cuando finalmente cruzó el umbral del restaurante de doña Nina, se encontró con una escena que jamás habría imaginado.

Allí estaba Andrés…

El antiguo Banco de Soledad…

Bailando.

Sus pasos todavía conservaban cierta rigidez de caoba, pero en su rostro brillaba una sonrisa inmensa.

Frente a él danzaba una hermosa joven de unos treinta y tantos años.

Su piel parecía emitir un resplandor extraño bajo las luces del restaurante.

Sentada a un lado, observando la escena con una enorme sonrisa, había otra muchacha de cabello rojo intenso y unos ojos grandes, vivos y expresivos.

El Poeta contempló aquella estampa.

Y sonrió.

Entonces Andrés lo vio.

Levantó un brazo y gritó lleno de entusiasmo:

—¡Poeta! ¡Aquí está mi gran amigo!

Las dos jóvenes giraron la cabeza al mismo tiempo.

Sus miradas se clavaron en el recién llegado.

Durante un segundo…

El tiempo pareció detenerse.

Y al segundo siguiente…

Las dos cayeron al suelo al mismo tiempo.

Redondas.

Como dos guanábanas maduritas.

El restaurante entero estalló en gritos.

—¡Pero qué fue lo que pasó!

—¡Las dos se desmayaron!

—¡Fue al mismo tiempo!

—¿Será el calor?

—¿Será la impresión?

—¿Habrán visto a alguien conocido?

Uno de los muchachos se acercó corriendo con un vaso de agua.

—¡Échenles aire, échenles aire!

Todos se arremolinaron alrededor, cada uno con una teoría distinta sobre lo que había pasado.

El Poeta sintió un vuelco en el pecho.

Por un instante pensó en llamar a emergencias.

Después recordó dónde estaba.

Respiró hondo.

Miró alrededor.

Tomó dos pedazos de cartón que descansaban sobre el mostrador.

Le entregó uno a Andrés.

—Vamos.

Los dos comenzaron a abanicar a las muchachas.

Al poco, ambas empezaron a mover los párpados.

El Poeta respiró con alivio.

Se inclinó un poco hacia ellas.

—¿Se encuentran bien, señoritas?

Gaia y Electra no respondieron.

Solo se miraban entre sí.

Frente a ellas estaba, por primera vez, el hombre que durante tanto tiempo habían imaginado.

El autor de aquella carta.

El responsable del perfume.

El motivo secreto que había terminado llevándolas hasta el Caribe.

Miles de pensamientos cruzaban sus mentes al mismo tiempo.

Ninguna sabía qué decir.

Finalmente, Electra consiguió romper el silencio.

Miró al Poeta.

Después a Andrés.

Y, con la voz todavía temblorosa, dijo:

—¿Nos… nos permiten un minuto a solas?

Sin esperar respuesta, tomó a Camila de la mano y ambas salieron apresuradamente hacia la calle adoquinada.

Solo cuando llegaron frente al parque pudieron detenerse.

Se miraron fijamente.

Durante varios segundos ninguna habló.

Hasta que, al mismo tiempo, con una mezcla perfecta de asombro, miedo y emoción, pronunciaron una única palabra:

—¡Poeta!