Pasos de caoba
Andrés encendió el vehículo con manos todavía temblorosas.
En el primer acelerón estuvo a punto de llevarse por delante la pared que tenía enfrente.
El Poeta se llevó una mano a la cabeza.
—Se me va a matar este muchacho en la primera esquina…
Pero todo quedó en un susto.
Andrés sonrió por el retrovisor y levantó una mano, haciéndole saber que todo estaba bajo control.
El trayecto hasta el restaurante de doña Nina era corto.
Aun así, condujo con tanta prudencia que tardó más de diez minutos en recorrer los escasos dos kilómetros que lo separaban del pueblo.
Cuando llegó, el reloj marcaba las siete y cinco.
Para su sorpresa, las dos jóvenes ya lo esperaban sentadas en el lobby.
Gaia fue la primera en hablar.
—¡Pero mire quién apareció! Nos cita a las siete en punto… y llega cinco minutos tarde. Tenía que ser dominicano.
Andrés sonrió con timidez.
—Perdónenme. Mi amigo se quedó un rato más escribiendo en la playa. Vendrá un poquito después.
—Bueno… se la vamos a pasar por esta vez —respondió Gaia con una sonrisa traviesa—. Mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Le organizamos una fiesta de bienvenida por su puntualidad?
Andrés seguía sin entender del todo los sarcasmos humanos.
Solo sonrió, convencido de que aquello debía ser una especie de ritual social.
Electra, en cambio, permanecía observándolo fijamente.
Había algo en aquel hombre que le resultaba extrañamente familiar.
No era su rostro.
Era otra cosa.
Su aroma.
Cuando lo había rescatado del mar, percibió un olor que parecía venir de un recuerdo muy antiguo.
No lograba identificarlo, pero despertaba algo dentro de ella.
Gaia rompió el silencio.
—Bueno… ¿y a qué hora vamos a comer? Porque este cuerpo me está reclamando comida seriamente.
En ese momento apareció doña Nina.
—Ya casi está todo listo, muchacha.
—¿Y mientras tanto no habrá unos platanitos o algo para ir picando?
La mujer sonrió.
—Claro que sí. Ahora mismo les traigo algo.
—Gracias, porque de verdad me estoy muriendo del hambre.
Antes de volver a la cocina, Nina preguntó:
—¿Y para tomar? Tengo un jugo de chinola que hice esta mañana, bien frío.
Los tres se miraron, intrigados por el nombre.
—¡Tráiganos de eso! —respondió Gaia, sin saber muy bien qué esperar.
Minutos después, Nina regresó con tres vasos de un líquido naranja brillante, escarchados por el frío.
Los tres probaron el primer sorbo.
Se miraron inmediatamente.
Ninguno dijo una palabra.
Simplemente volvieron a beber.
Aquel sabor ácido y dulce a la vez —la chinola— era nuevo para ellos.
Cuando terminaron el primer vaso, Gaia levantó la mano.
—Doña Nina… creo que necesitamos otro.
Mientras los platanitos y el jugo iban llegando a la mesa, las conversaciones comenzaron a fluir con más soltura.
Las carcajadas aparecieron casi sin darse cuenta.
Entre el hambre por fin satisfecha y la novedad de cada sabor, los tres se sentían cada vez más cómodos, como si llevaran toda la vida sentados en esa mesa.
Al ver el excelente ambiente, doña Nina encendió el reproductor del restaurante.
Comenzó a sonar una bachata.
Andrés reconoció inmediatamente aquel ritmo.
Lo había escuchado muchas veces junto al Banco, cuando el Poeta ponía música en las noches de Kansas.
Electra dio unos pasos hacia él.
Le extendió la mano.
—Andrés… ¿bailamos?
Él se puso de pie.
No tenía la menor idea de qué hacer.
Electra comenzó a moverse con una naturalidad sorprendente.
Sus pasos parecían deslizarse sobre el piso.
Andrés intentaba seguirla.
Sus movimientos eran rígidos.
Torpes.
Tenían todavía algo de banco.
Algo de caoba.
Pero ambos disfrutaban cada segundo.
Sentada en una esquina, Gaia aplaudía entre risas, encantada con el espectáculo que tenía delante.