La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) ¡Cuidado y no choques!
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¡Cuidado y no choques!

—¡Poeta! ¡Poeta! —gritó Andrés, llegando casi sin aliento hasta el capó del vehículo, donde el escritor seguía concentrado en su libreta.

—Dime, Andrés, ¿qué pasó? —preguntó el Poeta sin dejar de escribir.

—¡Por poco me muero!

El escritor levantó por fin la mirada.

—¿Cómo que por poco te mueres?

—Me metí demasiado hondo en el mar, la corriente me arrastró y comencé a tragar agua como un desesperado. Te juro que pensé que ahí terminaba mi primera experiencia como ser humano.

El Poeta soltó una pequeña risa.

—¿Me estás relajando?

—No, Poeta. Hablo en serio.

Hizo una pausa.

—Bueno… gracias a Dios apareció una joven y me sacó del agua.

Los ojos de Andrés parecían revivir el momento.

—Poeta… nunca había visto una mujer tan hermosa. Sentí que hasta se me olvidó respirar cuando la tuve delante.

El escritor sonrió.

—¿Y qué pasó después?

Andrés se tocó los labios con la punta de los dedos.

—Hubo algo muy raro.

—¿Qué cosa?

—Cuando ya estaba fuera del agua, ella puso su boca sobre la mía.

El Poeta dejó escapar una sonrisa.

—Eso se llama un beso.

—¡Ajá! ¡Eso mismo!

—No exactamente.

Andrés frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Si acababas de ahogarte, seguramente te estaba haciendo respiración de rescate.

Andrés negó con la cabeza con absoluta convicción.

—No, Poeta.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Te digo que no.

El Poeta comenzó a reír.

—¿Y por qué estás tan seguro?

—Porque me sujetó la nariz con una mano… y me besó con muchísima intensidad.

El escritor terminó soltando una carcajada.

—Eso confirma exactamente lo que te estoy diciendo. Te estaba salvando la vida.

Andrés cruzó los brazos.

—Pues yo sigo creyendo que aquello fue un beso de verdad.

El Poeta decidió no seguir discutiendo.

—Está bien… si eso te hace feliz, quédate con esa versión.

Andrés sonrió satisfecho.

—El caso es que, cuando recuperé el aliento, la invité a tomar un café.

—¿Y aceptó?

—Me dijo que primero debía encontrarse con una amiga, pero la invité a cenar esta noche con nosotros.

El Poeta suspiró.

—Ay, Andrés… precisamente a esa hora no.

—¿Por qué?

—Porque las siete de la noche son sagradas para mí. Es cuando mejor escribo. El atardecer aquí me inspira demasiado.

Guardó la libreta.

—Yo pensaba ir al pueblo un poco más tarde, como a las ocho.

Andrés hizo un gesto de resignación.

—Bueno…

El Poeta sonrió.

—Pero no te preocupes. Haz una cosa: llévate el carro. Ve adelantándote y espérame en el restaurante de Nina junto con las muchachas. Yo llegaré después.

—¡Trato hecho!

Sacó las llaves del bolsillo.

—Por cierto… ¿qué hora es?

El Poeta miró el reloj.

—Las seis y cincuenta.

—¡Perfecto!

Andrés se montó rápidamente en el asiento del conductor.

—Entonces me voy.

Encendió el motor y bajó la ventanilla.

—¡Y cuidado si te quedas dormido escribiendo en la playa!

El Poeta levantó la mano en señal de despedida.

—¡Y tú cuidado y no choques!

Los dos soltaron una carcajada.

Segundos después, Andrés tomó la carretera rumbo al pueblo, mientras el Poeta permanecía solo frente al mar, con su libreta entre las manos y los últimos destellos plateados del sol reflejándose sobre las olas.