Este cuerpo está pidiendo comida
—¡Gaia! ¡Gaia! —gritó Electra, llegando sofocada y con el corazón latiéndole a mil por hora.
—¿Qué carajos te pasó? Estás pálida… —reaccionó Gaia, examinándola de arriba abajo—. Anda, dime, ¿qué ocurrió en la playa?
—Me… me pasó algo muy extraño.
—¡Ay, no me digas que uno de esos tigres callejeros se propasó contigo! —la mirada de Gaia se endureció—. Dime la verdad, Electra. Porque si alguien te faltó al respeto, voy ahora mismo y me vuelvo una dominicana salvaje con ese infeliz.
—¡No, tranquila! No pasó nada de eso —respondió Electra, apresurándose a calmarla—. Lo que ocurrió fue que vi a una persona ahogándose. Fui nadando hasta donde estaba y la saqué del agua.
Gaia respiró con alivio.
—¿Y entonces?
—¿Recuerdas que vimos en la televisión del hotel cómo hacían los primeros auxilios?
—Sí.
—Pues intenté hacer exactamente lo mismo…
Hizo una pausa.
—…pero creo que me equivoqué un poco.
Gaia arqueó una ceja.
—¿Cómo que te equivocaste?
Electra se llevó una mano a los labios.
—Terminé poniendo mi boca sobre la suya.
Gaia tardó apenas un segundo en comprender.
Después estalló en una sonora carcajada.
—¡Pero, Electra, por el amor de Dios! Eso se llama un beso.
Electra bajó la mirada, avergonzada.
—Yo nunca había sentido algo así.
—Pues claro que no. Eres una estrella viviendo por primera vez dentro de un cuerpo humano. Hay muchísimas cosas que todavía no conoces.
Gaia volvió a reír.
—Por eso mismo te dije en el mall galáctico que debías conseguirte un novio. Hay ciertas materias que solo se aprenden con práctica.
—¡Gaia, por favor! —protestó Electra, sonrojándose todavía más.
—Está bien, está bien… ya no digo nada.
La observó con curiosidad.
—¿Y qué pasó después con el ahogado?
—Me invitó a tomar un café para agradecerme.
—¡Ah!
—Le expliqué que primero tenía que venir a encontrarte, pero quedamos de vernos dentro de diez minutos en un restaurante del pueblo.
—Pues vámonos de una vez —respondió Gaia, subiéndose a la cuatrimoto—. Por mí no hay ningún problema.
Encendió el motor.
—Además, te voy a confesar una cosa…
Electra la miró.
—Creo que me estoy muriendo de hambre.
—¿Qué?
—Siento que podría comerme una vaca entera.
Electra la contempló desconcertada.
—Gaia… ¿te estás escuchando? Tú jamás has comido absolutamente nada. Toda nuestra existencia nos hemos alimentado de luz.
—¡Lo sé! —respondió Gaia entre carcajadas mientras aceleraba—. ¡Pero este cuerpo de carne y hueso que elegí me está pidiendo comida a gritos!
Se llevó una mano al estómago.
—¿Y qué quieres que haga con este rugido en la panza?
Miró a Electra con una sonrisa traviesa.
—¡Dele con todo, que nos cierran la cocina!