A las siete
—¿Amigo, pero qué fue lo que le pasó? —preguntó la joven, todavía agitada, apartándose un mechón de cabello húmedo del rostro—. ¿Usted no sabe que no puede meterse tan hondo si no sabe nadar? ¿De dónde es? Definitivamente no es de por aquí. Por cierto, ¿cuántos años tiene?
Andrés parpadeó varias veces mientras recuperaba el aliento.
—¿Cómo que… de mi edad?
No entendía la pregunta.
El antiguo Banco jamás se había detenido a pensar cuántos años aparentaba el cuerpo que el Poeta había escogido para él. En medio de todas las prisas del viaje, aquel detalle simplemente había pasado inadvertido.
Pero, en ese momento, nada de eso tenía importancia.
Había algo en la mirada de aquella mujer que absorbía por completo su atención.
Y, para ser sinceros…
Tampoco podía dejar de pensar en aquel inesperado beso que acababa de recibir.
—Perdóneme… —dijo finalmente, poniéndose de pie mientras se sacudía la arena—. Me distraje mirando el mar y, cuando quise reaccionar, ya no encontraba el fondo. Gracias por salvarme.
Electra sonrió.
Su sonrisa era tranquila.
Pero por dentro tampoco entendía lo que estaba sintiendo.
Aquella había sido la primera vez, en toda su existencia, que besaba a alguien.
Ni siquiera sabía explicar por qué seguía sintiendo una extraña agitación en el pecho.
Los dos guardaron silencio.
Mirándose.
Como si ninguno quisiera ser el primero en romper aquel instante.
Fue Andrés quien terminó haciéndolo.
—Me gustaría agradecerle como se merece.
Electra levantó ligeramente una ceja.
—¿Y cómo piensa hacerlo?
Él sonrió con cierta timidez.
—Invitándola a tomar un café.
Electra dejó escapar una pequeña risa.
—La propuesta me encanta… pero una amiga me está esperando junto a las cuatrimotos. Si no regreso pronto, probablemente me regañe.
—Entonces… ¿hay alguna posibilidad de volver a verla?
Ella asintió.
—Claro.
Estoy hospedada muy cerca de aquí.
Andrés sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Mi amigo y yo pensábamos cenar esta noche en el restaurante de una conocida. ¿Qué le parece si usted y su amiga nos acompañan?
Electra sonrió todavía más.
—Me parece una idea preciosa.
Solo déjeme consultarlo con ella.
—Perfecto.
El restaurante se llama el de doña Nina.
Está justo en el centro del pueblo.
—¡Lo conozco! Bueno… mejor dicho, he escuchado hablar muy bien de él.
Andrés respiró con alivio.
—Entonces solo falta una cosa.
—¿Cuál?
—La hora.
Electra miró el cielo, calculando mentalmente el tiempo.
Después volvió a mirarlo.
—¿Qué le parece a las siete?
Andrés sintió que, por primera vez desde que había dejado de ser un banco, el corazón de caoba le latía con una fuerza desconocida.
Sonrió.
—Entonces…
Nos vemos a las siete.