El primer beso de Andrés
Mientras el Poeta escribía sobre una roca frente al mar, Andrés decidió cumplir la promesa que se había hecho desde que puso un pie en el Caribe.
Se quitó los zapatos.
Las medias.
Se remangó los pantalones.
Y, antes de alejarse, le dijo al Poeta:
—Espérame aquí.
El escritor levantó apenas la vista del cuaderno.
—Cuidado, Andrés. No te vayas a ahogar. Nunca has entrado al mar.
—Tranquilo, Poeta. Prometo que tendré cuidado.
Andrés caminó hacia la orilla.
Cada paso era un descubrimiento.
El agua transparente le dejaba ver pequeños peces que nadaban alrededor de sus piernas.
Algunos parecían hechos de cristal.
Otros, de oro.
Se quedó varios segundos observándolos con la misma fascinación de un niño.
De pronto sintió un pinchazo.
—¡Ay!
Bajó la vista.
Un pequeño erizo de mar descansaba junto a su pie.
Lo levantó con curiosidad.
—¿Y tú qué eres?
Lo observó y luego lo dejó nuevamente sobre la arena.
Siguió avanzando.
El agua ya le llegaba a la cintura.
Después al pecho.
Luego a los hombros.
Andrés seguía caminando.
No conocía el mar.
Mucho menos entendía lo engañosa que podía ser su profundidad.
Un paso más.
Y el fondo desapareció bajo sus pies.
Intentó mantenerse a flote.
Movió los brazos desesperadamente.
Pero cuanto más luchaba…
…más se hundía.
Entonces comenzaron a escucharse los gritos.
—¡Se está ahogando!
—¡Alguien ayúdelo!
—¡Sáquenlo del agua!
El Poeta seguía absorto escribiendo.
El rumor del mar y el sonido del viento apenas le permitían distinguir lo que ocurría a unos metros de distancia.
Cuando finalmente levantó la cabeza…
Andrés ya casi había desaparecido entre las olas.
De pronto, una figura salió corriendo hacia el agua.
Nadó hasta alcanzarlo.
Lo sujetó con fuerza por debajo de los brazos y comenzó a arrastrarlo hacia la orilla.
Varias personas ayudaron a sacarlo.
Andrés permanecía inmóvil.
Con los ojos cerrados.
La joven que lo había rescatado recordó, de repente, una película de salvavidas que había visto días atrás en la televisión del hotel.
No tenía la menor idea de primeros auxilios.
Pero estaba convencida de que sabía exactamente qué hacer.
Se arrodilló junto a Andrés.
Le tapó la nariz.
Y comenzó a darle respiración boca a boca…
…aunque, en realidad, lo único que hacía era impedirle respirar.
Al cabo de un momento, Andrés abrió los ojos.
Lo primero que vio fue el rostro de una mujer extraordinariamente hermosa inclinado sobre él.
Sintió sus labios.
Parpadeó varias veces.
No entendía absolutamente nada.
Pensó que seguía soñando.
O que se había muerto.
Porque, siendo sinceros…
¿Quién iba a creer una historia semejante?
Un viejo banco de Kansas.
Con un cuerpo humano recién estrenado.
Se ahoga en una playa de la República Dominicana…
…y despierta recibiendo el beso de una mujer hermosa.
Andrés todavía no lo sabía.
Pero quien acababa de rescatarlo era, nada más y nada menos…
…que Electra.