Lo que mejor sabe hacer
Andrés se acomodó nuevamente en el asiento del vehículo con una sonrisa dibujada de oreja a oreja. La sola idea de conocer el mar bastaba para mantenerlo ilusionado.
El Poeta, en cambio, conducía en silencio.
No dejaba de pensar en las palabras de Nina.
¿Qué podía tener aquella playa para impresionarla de esa manera?
La conocía desde hacía muchos años y sabía que no era una mujer dada a exagerar. Si algo había llamado su atención, debía existir una razón.
Recorrieron los últimos metros del camino.
Finalmente llegaron a la playa de El Castillo.
Apenas descendieron del vehículo, los dos quedaron inmóviles.
Era cierto.
Había algo distinto.
El lugar parecía envuelto en un resplandor sereno, casi imperceptible, pero imposible de ignorar.
Era como si el mar respirara de otra manera.
Como si la playa…
…sonriera.
El Poeta contempló aquel fenómeno.
Después hizo lo que mejor sabía hacer.
Sacó su libreta.
Sacó su lápiz.
Se apoyó sobre el capó del vehículo y comenzó a escribir con una velocidad frenética, como si las palabras no nacieran de él, sino de aquella extraña energía que parecía flotar sobre el agua.
De pronto se detuvo.
Levantó la vista.
Allá, entre el brillo de las olas, dos figuras femeninas caminaban por la orilla.
El tiempo pareció detenerse.
El lápiz dejó de moverse.
Y el Poeta apenas alcanzó a susurrar:
—Dios mío…
Hizo una pausa.
—¿Pero qué es esto?