La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Algo la hace sonreír
64%

Algo la hace sonreír

Mientras las dos estrellas se dejaban estremecer por la belleza del Caribe, a pocas millas de distancia, por la misma carretera costera, dos viajeros avanzaban rumbo a ese mismo destino.

Andrés permanecía pegado al cristal de la ventanilla.

Casi no hablaba.

Se limitaba a contemplar el paisaje y a dejar escapar profundos suspiros de asombro.

El Poeta lo observaba de reojo mientras conducía.

Nunca, en más de sesenta años de amistad, había visto a su compañero tan maravillado por la vida.

Después de recorrer cerca de una hora desde Santiago, decidió hacer una pequeña parada en uno de esos tradicionales puestos de carretera donde preparaban empanadas recién hechas.

Quería regalarle a Andrés otra primera vez.

Cuando el antiguo Banco vio aquellas masas doradas salir del aceite hirviendo, preguntó con absoluta curiosidad:

—¿Qué es eso, Poeta?

El escritor sonrió.

—Ya lo descubrirás con tu propio paladar.

Pidió dos empanadas.

Una de queso.

Otra de pollo.

La de queso fue para Andrés.

Con cierta timidez dio el primer mordisco.

El queso derretido le quemó ligeramente los labios.

No le importó.

Su rostro se iluminó por completo.

—¡Quiero otra!

El Poeta soltó una carcajada.

Compraron varias más para el camino, acompañadas por un gran vaso de jugo de limón bien frío.

Aquello terminó de sorprender a Andrés.

Nunca había probado un sabor tan intenso.

Sintió que algo nuevo despertaba dentro de él.

Continuaron el recorrido.

Atravesaron El Estrecho, Luperón y varios pueblos de la costa hasta llegar al área histórica de El Castillo.

Antes de bajar a la playa, el Poeta quiso detenerse en un pequeño restaurante.

Conocía a la dueña desde hacía más de treinta años, cuando realizaba trabajos comunitarios por aquella zona y terminó enamorándose para siempre de la costa norte.

Apenas cruzó la puerta, fue recibido con un beso en la mejilla y una voz cargada de cariño.

—¡Poeta! ¡Pero tú sí eres un rastrero! Hace muchísimo tiempo que no aparecías por aquí.

La mujer no le dio tiempo a responder.

—Cuéntame, ¿cómo te ha ido en el norte? ¿Cómo va la poesía? ¿Cómo sigue la musa? Hubo una época en que todos estábamos muy preocupados por ti. La Primavera dejó de florecer con la alegría de siempre y supimos que algo no andaba bien en tu corazón.

El Poeta sonrió con gratitud.

—Ya todo está en orden.

Después señaló a su compañero.

—Quiero presentarte a un gran amigo. Él es Andrés. Es la primera vez que visita nuestro país.

La mujer abrió los ojos con entusiasmo.

—¿De verdad?

Miró a Andrés con enorme cariño.

—¡Pues bienvenido! Pase, siéntese con nosotros. Vamos a colar café. ¿Qué quieren almorzar?

Andrés permaneció inmóvil.

Aquella demostración espontánea de hospitalidad lo había dejado sin palabras.

El Poeta intervino.

—Vinimos solamente a saludarte. Prometemos regresar más tarde a comer con calma, pero primero quiero llevar a Andrés a conocer la playa.

Ella sonrió.

—Está bien. Si cambian de idea, les mando la comida hasta la orilla con uno de los muchachos.

—Yo te aviso en un rato.

Cuando ya se disponían a salir, el Poeta preguntó:

—¿Y cómo está la playa hoy?

La mujer volvió la mirada hacia el mar.

Su expresión cambió.

—Hermosa.

Hizo una pausa.

—Pero hoy… está diferente.

El Poeta frunció ligeramente el ceño.

—¿Diferente cómo?

Ella siguió mirando el horizonte.

—No sé explicarlo.

Respiró hondo.

—Tiene un brillo especial.

Como si algo muy poderoso la estuviera haciendo sonreír desde el fondo.

El Poeta soltó una pequeña risa.

—Bueno… esa playa siempre ha sido mágica.

La mujer negó con la cabeza.

—No, Poeta.

Hoy hay algo distinto.

En treinta años nunca la había visto brillar de esa manera.

Parece…

Buscó las palabras.

—…como si perteneciera a otro mundo.

El Poeta intercambió una mirada con Andrés.

Después sonrió.

—Entonces habrá que ir a comprobarlo con nuestros propios ojos.

Le dio una palmada en el hombro.

—Vamos, Andrés.

Creo que llegó la hora.