Nací hace millones de años
Dicho y hecho.
La estrella más revoltosa, coqueta y atrevida del universo alquiló dos cuatrimotos y, junto a Electra, comenzó a recorrer a toda velocidad los senderos, montes y caminos de la costa atlántica.
Fiel a su naturaleza temeraria, Gaia intentó hacer una maniobra que, según ella, dominaba a la perfección.
Brincó un enorme bache…
…y salió disparada directamente contra una cerca de alambre de púas.
Electra frenó de golpe.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Dios mío… se mató!
Pero Gaia ya se estaba sacudiendo el polvo.
—¡Estoy bien, estoy bien! No pasó absolutamente nada, manita. Fue un golpecito de esos que fortalecen el carácter. ¡Vamos, súbete otra vez!
Afortunadamente, el avatar construido en el mercado cósmico era mucho más resistente de lo que parecía.
Ni un rasguño.
Esta vez continuaron el recorrido con un poco más de prudencia.
Y, finalmente…
Llegaron a la playa.
Las dos quedaron inmóviles.
El mar se extendía frente a ellas como un inmenso espejo turquesa.
Eran cerca de las cuatro de la tarde y el sol convertía la superficie del agua en una inmensa lámina de plata líquida.
Las dos se miraron al mismo tiempo.
Sin decir una palabra, comprendieron por qué aquel lugar se llamaba Puerto Plata.
En el firmamento habían contemplado nebulosas, galaxias y fenómenos imposibles de describir.
Pero aquello era distinto.
Por primera vez no estaban observando la Tierra desde la distancia.
Ahora la estaban viviendo.
Había pocos bañistas en aquella parte de la playa, de modo que el brillo natural de sus cuerpos pasaba prácticamente desapercibido.
Sin pensarlo demasiado comenzaron a caminar descalzas hacia la orilla.
Las olas acariciaban sus pies.
Después sus tobillos.
Luego sus piernas.
Siguieron avanzando hasta que el mar terminó abrazándolas.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Gaia…
La estrella que siempre tenía una respuesta para todo…
La que jamás permanecía callada…
Guardó silencio.
Durante varios minutos no dijo absolutamente nada.
Solo contempló el horizonte.
Respiró hondo.
Una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla.
—Creo que ahora empiezo a entender por qué en estas playas nace la poesía, Amelia.
Su voz apenas era un susurro.
—Llevo millones de años existiendo… y jamás había sentido algo así.
Se llevó una mano al pecho.
—Siento que todas mis luces quieren encenderse al mismo tiempo.
Electra permanecía inmóvil, con el agua rozándole la cintura.
—¿De verdad estás viendo tanta belleza junta?
Gaia sonrió sin apartar la vista del horizonte.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Ahora entiendo por qué te pasas tantas noches contemplando este mundo.
Volvió a mirar el mar.
—Y creo que también entiendo a mi padre.
Respiró.
—Quizá Atlas soporta el peso del universo porque tiene el privilegio de contemplar esta belleza todos los días.
De pronto recordó algo y soltó una pequeña risa.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Mientras veía televisión en el hotel apareció un anuncio que decía: «El dominicano nace donde le da la gana».
Electra sonrió.
Gaia también.
—Pues yo nací hace millones de años en las Pléyades…
Hizo una pausa.
Miró nuevamente el Caribe.
Y terminó diciendo, convencida:
—…pero creo que soy dominicana.
Electra soltó una carcajada limpia.
Después la abrazó con fuerza mientras las olas seguían rompiendo suavemente sobre la arena.