La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Lo aprendí en la televisión
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Lo aprendí en la televisión

Mientras tanto, las dos estrellas se la estaban pasando de lo lindo en su aventura terrenal.

Decidieron comenzar un recorrido formal por toda la costa norte. Antes de salir del hotel, le preguntaron al taxista cuál era el primer lugar histórico que, según él, nadie debía perderse en Puerto Plata.

El hombre, que era bastante despierto y vio la oportunidad de prolongar el recorrido, respondió con absoluta seguridad:

—Muchachas, si quieren conocer la historia de esta zona, tienen que ir primero al Castillo de La Isabela. Allí podrán ver las primeras ruinas coloniales del Nuevo Mundo.

Gaia y Electra no tenían ni la menor idea de qué les estaba hablando aquel mortal. Pero como habían acordado seguir la corriente del mundo humano, aceptaron la recomendación sin hacer más preguntas.

Eso sí, antes de arrancar, Gaia quiso aclarar un detalle.

—Una preguntica…

—Dígame, señorita.

—¿Y por allá hay playas?

El taxista soltó una carcajada.

—¡Pero claro! Todo ese litoral está lleno de playas hermosísimas.

Las dos se miraron.

—¡Pues vámonos de una vez!

Mientras avanzaban por la carretera costera, quedaron hipnotizadas.

A un lado se extendía un océano de un azul turquesa infinito.

Los rayos del sol se reflejaban sobre la superficie como si millones de pequeñas estrellas hubieran decidido descansar sobre el agua.

Ninguna de las dos había contemplado un paisaje semejante en toda su existencia.

Después de recorrer el sitio histórico, el taxista continuó mostrándoles distintos rincones de la costa.

Al llegar a una de las playas, les explicó con amabilidad:

—Hasta aquí las acompaño. Tengo que regresar a la ciudad, pero les recomiendo que alquilen un vehículo para moverse con libertad por toda la provincia.

Gaia apenas escuchó la última parte.

Algo mucho más interesante acababa de captar toda su atención.

Por la arena pasó un grupo de turistas conduciendo varias cuatrimotos a toda velocidad.

Sus ojos comenzaron a brillar.

—Oiga… ¿y dónde alquilan esos aparatos?

El taxista siguió la dirección de su dedo.

—Eso se consigue aquí mismo, en varios negocios de la playa.

Electra cerró los ojos.

Ya conocía perfectamente esa mirada.

—No, Gaia.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra.

—¿Y ahora por qué?

—Porque nosotras no vamos a subirnos en una cosa de esas.

Gaia soltó una risa.

—¡Ay, Amelia! ¿Quién dijo que no?

—Yo.

—Tranquila, bebé. Yo ya sé cómo se manejan.

Electra la miró con incredulidad.

—¿Y desde cuándo?

Gaia respondió con absoluta seguridad.

—Lo aprendí viendo la televisión en el hotel.

Electra abrió la boca.

—¿Qué?

—¡Claro! Vi varios programas. Ya entendí cómo funcionan. Es facilísimo. Incluso creo que ya sé hacer piruetas sobre la arena.

Electra cruzó los brazos.

—Pues yo contigo no me monto en ese aparato… ni loca.