Bienvenidos a Puerto Plata
El Poeta conocía la logística de su tierra.
Lo primero que hizo al salir de la terminal fue detenerse en un cajero automático a retirar pesos de su vieja cuenta dominicana, luego alquilar un vehículo cómodo y tomar la carretera rumbo al norte.
Sin embargo, antes de avanzar demasiados kilómetros, decidió detenerse en una estación de combustible.
Mientras llenaban el tanque, el bombero sonrió y preguntó:
—Jefe, ¿le echamos un chin más para que quede al tope?
—Sí, claro… ¡Échale ese chin más! —respondió el Poeta entre risas.
Cuando terminó de abastecerse, sacó unos pesos para la propina y se los entregó con amabilidad.
—Estamos a la orden, jefe. Que tenga buen viaje.
El Poeta agradeció el gesto y retomó la carretera.
Atravesaron la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, recorriendo algunos de sus lugares más emblemáticos.
A su lado, Andrés parecía un niño descubriendo el mundo por primera vez.
Cada vez que las montañas comenzaban a levantarse frente a ellos, se pegaba al cristal con los ojos muy abiertos.
—Poeta… ¿qué es eso?
—¿Qué cosa?
—¡Eso tan inmenso!
El escritor sonrió.
—Son montañas, Andrés.
El antiguo Banco permaneció largo rato contemplándolas.
Kansas le había enseñado un horizonte plano e infinito. Aquellas elevaciones cubiertas de árboles no se parecían a nada que conociera.
Pero hubo un detalle que lo conmovió todavía más.
—Poeta…
—¿Sí?
—Siento… como si muchos de esos árboles fueran mis propios hermanos.
El escritor comprendió lo que quería decir.
La caoba.
Sin decir una palabra, continuó conduciendo.
Después de unos kilómetros disminuyó la velocidad.
—Andrés…
—Dime.
—¿Te gustaría conocer el barrio donde nací? Quiero mostrarte los lugares donde crecí, mucho antes de viajar al norte y conocerte en aquel parque.
Los ojos de Andrés volvieron a iluminarse.
—¡Me encantaría!
Abandonaron la carretera principal y entraron en el viejo barrio.
El Poeta saludó con entusiasmo a varias personas que aún recordaba desde su infancia. Conversó con ellas como si el tiempo nunca hubiera pasado.
En casi todas las casas ocurrió exactamente lo mismo.
—¡Poeta, pase! ¡Véngase a tomar un cafecito!
Para Andrés aquello era un ritual desconocido.
Cuando sostuvo por primera vez una taza entre las manos y dio el primer sorbo, abrió los ojos con absoluta sorpresa.
—¡Santa caoba! ¿Pero qué es esta maravilla?
Miró la taza como si ocultara un secreto del universo.
—¿De dónde sale un sabor tan perfecto?
El Poeta sonrió.
Se inclinó discretamente hacia él y le susurró:
—Andrés… baja un poquito la emoción. Nos van a descubrir.
—Pero es que…
—Después te explico todo sobre el café. Ahora disimula.
Andrés hizo un esfuerzo.
Duró apenas unos segundos.
Aquella tarde compartieron largas conversaciones y revivieron recuerdos antes de retomar el camino.
Cuando el sol comenzó a esconderse, volvieron a la carretera.
Menos de una hora después apareció, a lo lejos, un enorme letrero que decía:
BIENVENIDOS A PUERTO PLATA.
Andrés sonrió con una emoción imposible de ocultar.
Pero apenas unos metros más adelante, el automóvil se internó en un largo túnel excavado entre las montañas.
Era la primera vez que atravesaba un lugar semejante.
La oscuridad era casi absoluta.
Las luminarias estaban apagadas debido a uno de esos apagones tan comunes en el país.
Andrés sintió que el corazón se le aceleraba.
Instintivamente buscó la mano del Poeta.
—¡Dios mío! ¿Qué está pasando?
El escritor sostuvo el volante con firmeza y, sin apartar la vista del camino, respondió con tranquilidad:
—Respira, Andrés. No pasa nada.
Le apretó la mano con afecto.
—Los túneles siempre terminan.
En unos segundos volveremos a ver la luz.
Y, créeme…
Lo mejor de este viaje todavía está por comenzar.