La libertad de ver
El Banco y el Poeta finalmente llegaron a la República Dominicana.
Por primera vez tocaron tierra caribeña al aterrizar en Santiago, en pleno corazón del Cibao.
La verdad era que Andrés estaba sobrepasado por todo lo que veía a su alrededor.
Jamás, en toda su existencia, había contemplado tanta vida, tanto movimiento y tanta belleza con los ojos que ahora poseía gracias a su nueva fisonomía humana.
Todo le parecía un milagro.
Cada objeto cotidiano, cada persona que cruzaba frente a él y cada rincón que descubría lo llenaban de un asombro infinito.
Era tal la fascinación con la que observaba cuanto lo rodeaba que el Poeta tuvo que acercarse discretamente.
—Andrés, por Dios… disimula un poco —le susurró, dándole un suave codazo—. Van a pensar que vienes de un lugar donde nunca has visto la civilización. La gente aquí es maravillosa, pero también muy observadora. Camina con naturalidad y sígueme la corriente. Verás que todo saldrá bien.
Andrés intentó obedecer.
Duró exactamente cinco segundos.
—¡Poeta, mira eso! —exclamó señalando con el dedo—. ¿Viste cómo esa gente se mueve dentro de ese artefacto metálico que corre a toda velocidad?
El Poeta sonrió.
—Eso se llama carro, Andrés. Es uno de los medios de transporte más comunes por aquí.
Los ojos de Andrés volvieron a iluminarse.
—¿Y nosotros nos podemos montar en uno?
—Claro que sí. Ya alquilé uno para recorrer toda la isla durante las vacaciones.
Andrés volvió a guardar silencio.
Miró sus manos.
Las abrió y las cerró varias veces.
Después levantó la vista hacia el Poeta.
—Gracias.
El escritor lo miró sin decir una palabra.
—De verdad… muchísimas gracias.
Respiró hondo.
—Por darme estos ojos.
Hizo una pausa.
—Y por regalarme este momento.
Volvió a mirar sus manos.
—Este cuerpo que me conseguiste no es simplemente un avatar para viajar contigo.
Negó con la cabeza.
—Para mí representa algo mucho más grande.
Levantó la mirada.
—Representa, por primera vez en toda mi existencia, la libertad de ver… y de tocar todo aquello que siempre soñé desde mi rincón solitario del parque.
La brisa cálida que entraba por las puertas del aeropuerto acarició su rostro.
Andrés sonrió.
—Ahora sí… muévete.
Se echó a reír.
—Quiero conocer ese lugar místico del que tanto hablas: la playa.
Quiero saber qué se siente tocar el océano con mis propias manos.
Quiero descubrir si es verdad eso que escribes en tus poemas… que con la arena pueden construirse castillos.
Quiero caminar sin rumbo.
Quiero contemplar un atardecer diferente.
Quiero vivir.
El Poeta lo observó.
Nunca antes había visto tanta felicidad reunida en un solo rostro.
Conmovido, sonrió.
—Y lo harás, amigo mío.
Le dio una palmada en el hombro.
—Te prometo que lo verás todo con tus propios ojos.