Andrés
Mientras tanto, a unas cuantas millas náuticas de distancia, el Banco seguía azorado dentro del probador cósmico.
—¡Banco, por Dios, sal ya de ahí! —le pidió el Poeta, llamando con impaciencia a la puerta—. Llevas más de una hora mirándote en el espejo. Déjame verte de una vez. Quiero comprobar cómo quedó tu nueva estampa.
Pero el banco aun se mantenia frente al espejo! No dejaba de apreciar sus manos y pies! La textura de su piel, y como por primera vez podia sentir frio y calor. Todo parecia raro, porque muchas veces escucho hablar de dolor, pero nunca lo hacia sentido
En todos sus anos como banco, esta era la primera vez que tenia una boca para hablar ojos para ver, pero lo mas impresionante era su capacidad de moverse de una lado a otro.
La puerta se abrió. Una figura alta, esbelta y bien plantada dio un paso al frente con evidente timidez.
—Poeta… honestamente me siento muy raro —confesó, observándose las manos y el rostro—. ¿Qué es exactamente todo esto? Nunca en mi existencia me había visto ni me había sentido así. Por favor, recuerda que, en el fondo, solo soy un banco de madera.
El Poeta sonrió con orgullo.
—Te conseguí el avatar de un caballero maduro de unos cincuenta y cinco años, con el porte de la caoba —dijo, observándolo de arriba abajo—. Fuerte, elegante, con esa madurez que inspira respeto.
Le puso una mano sobre el hombro.
—Ante los ojos del mundo podrás haber sido un banco, sí. Pero tú sabes que, en mi corazón, siempre te he visto como alguien real… como un ser con alma. Así que deja la timidez a un lado y sal de ese rincón. Quiero que veas el tipazo en el que te has convertido.
El recién transformado sonrió por primera vez.
—Ya te imagino caminando por la arena, sintiendo la brisa del Caribe en el rostro, dejando tus propias huellas sobre la playa y contemplando los atardeceres más hermosos del mundo.
El Poeta hizo una pausa.
—Banco… esta será la primera vez que podré recorrer mi tierra natal acompañado por mi mejor amigo.
Andrés permanecía en silencio, intentando comprender el peso de sus nuevas piernas y de sus nuevas manos.
—Y hay otra cosa que quiero decirte —continuó el Poeta con un tono más sereno—. Tal vez al principio te parezca extraña.
Andrés levantó la mirada.
—Esa tierra hacia la que viajamos también puede ser, de alguna manera… tu propia tierra.
—¿A qué se debe eso, Poeta?
—Porque allí no solo nace la poesía. También crece uno de los árboles más nobles y admirados del Caribe. Los dominicanos lo conocen como el Árbol Rey.
El Banco escuchaba con absoluta atención.
—La caoba.
Andrés permaneció inmóvil.
—Quién sabe si tu madera nació precisamente allí. Tal vez esa isla sea el lugar del que proviene tu esencia. Y, viéndote ahora, tengo la impresión de que llevas el Caribe contigo desde mucho antes de saberlo.
Los ojos de Andrés comenzaron a humedecerse.
—¿Poeta, puedo confesarte algo? Claro, dime! Dijo el poeta.
Ese Nombre de Caoba siempre me invita a recordar algo sobre mis origenes.
Algo que siempre trato de recordar, y realmente no puedo.
Tu crees que tu tierra sea realmente mi tierra?
El Poeta sonrió.
—No puedo asegurarlo. Pero de una cosa sí estoy convencido.
Se acercó un paso más.
—Durante muchos años fuiste el viejo Banco Soledad.
Hizo una breve pausa.
—Hoy tienes un nuevo nombre.
El Banco guardó silencio.
—Hoy te llamas Andrés.
El antiguo Banco repitió el nombre en voz baja.
—¿Andrés…?
Lo dejó rodar entre sus labios.
—¿Y de dónde sacaste ese nombre, Poeta? Tiene algo que pesa.
El escritor soltó una pequeña risa.
—Eso, por ahora, no importa. Pero cuando llegue el momento, te lo cuento todo. Solo quiero que sepas que es un nombre muy especial para tu destino.
Después dio dos palmadas.
—Ahora muévete. Tenemos el tiempo justo para llegar al aeropuerto.
Andrés respiró hondo.
—Recuerda que nunca antes has viajado dentro de un cuerpo como este. Solo sígueme la corriente y todo saldrá bien. Los pasaportes cósmicos harán el resto.
Andrés enderezó la espalda. Por primera vez se veía seguro de sí mismo.
—Estoy listo.
El Poeta sonrió.
—Así me gusta… Pero dímelo otra vez.
Andrés levantó la cabeza y dejó salir toda la alegría que había permanecido encerrada durante décadas entre sus vetas de caoba.
—¡¡¡Para la playa!!!