La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Más dominicanizada que un plátano
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Más dominicanizada que un plátano

—Gaia, honestamente… —comenzó Electra, acomodándose en el asiento trasero del taxi—.

Ya estamos aquí, tenemos absolutamente todo listo para vivir esta aventura terrenal, pero hay una pregunta importante: ¿para dónde carajos vamos?

El chofer está esperando. Según lo que vimos en la televisión, aquí hay playas hermosas por todas partes.

—¡Ay, Electra, por Dios! Tranquila, bebé —respondió Gaia, recostándose con total relajación—. Vámonos a donde nos lleve el viento. Déjate llevar por las emociones del Caribe, deja de estresarte tanto, mamita… ¡Estamos de vacaciones!

Miró por la ventanilla, deslumbrada por las palmeras y el azul del mar.

—Y recuerda una cosa muy importante: esta es la primera vez, en toda la eternidad, que no tenemos la obligación de quedarnos plantadas en el firmamento haciendo guardia.

Aquí abajo podemos hacer cosas inolvidables.

Yo quiero aprender a bailar dembow… y también bachata con los nativos.

Lo vi en la televisión del hotel y me fascinó la forma en que se mueve ese ritmo.

¡Hace que uno sienta la música por todo el cuerpo!

De verdad no sabía que los humanos hacían cosas tan divertidas.

Electra sonrió mientras el taxi continuaba avanzando por la carretera costera.

—Llevamos siglos y siglos en el mismo lugar del mapa celestial —continuó Gaia—.

Deja de pensar tanto en el protocolo y… ¡vamos a vivir!

Nunca sabemos cuándo un hoyo negro pueda tragarnos y sacarnos para siempre del firmamento.

Disfrutemos este cuerpo de carne y hueso.

Disfrutemos este instante, que es lo único que realmente tenemos.

Lo demás… dejémoselo con toda confianza al Creador.

Electra soltó una carcajada.

—Gaia… como diría un dominicano que vi hace un rato en la televisión… ¡tú estás más loca que un reloj de a peso!

—¡Ay, Electra! —rió Gaia, dándole un empujoncito cariñoso—.

Anda, dile al señor del taxi que nos lleve a la playa.

¡Ya me muero por tocar esa agua turquesa con mis propios pies!

Creo que voy a acostumbrarme muy rápido a este cuerpo humano.

¿Y ya viste lo hermosa que me veo reflejada en el cristal?

Este cabello rojo me encantó por completo… ¡Muchacha, morí con él!

Electra arqueó una ceja.

—Ya veo que el lenguaje dominicano se te está pegando bastante.

—¡Ay, sí, manita! —respondió Gaia entre risas—. Te lo juro… ¡Ya estoy más dominicanizada que un plátano!

—¿Más dominicanizada que un plátano? —repitió Electra, riéndose todavía más.

Gaia se inclinó hacia el asiento delantero.

—Señor, llévenos a la playa, por favor.

El conductor sonrió al verla por el retrovisor.

—¿A cuál de todas, señorita?

—¡A la más cercana!

—Perfecto. En unos minutos estarán metiendo los pies en el agua.