La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) ¡Pal Caribe, Banco!
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¡Pal Caribe, Banco!

—¡Banco, al fin llamé! —anunció el Poeta, llegando al rincón del parque con el rostro iluminado—.

Logré comunicarme directamente con el centro de trabajo de las dos estrellas.

¡La buena noticia es que están bien! No están enfermas, no se las tragó ningún hoyo negro ni les ocurrió nada. Así que puedes quedarte tranquilo.

—¿Y qué andan haciendo entonces? —preguntó la madera, dejando escapar un largo crujido de alivio.

—¡Quién sabe! Esas dos deben andar chismoseando y haciendo de las suyas por algún rincón del universo —bromeó el escritor—. Lo importante es que están bien.

El Banco vibró suavemente, visiblemente más tranquilo.

El Poeta sonrió con complicidad.

—Pero, además de esa buena noticia… tengo otra.

—¿Cuál?

—Desde hace bastante tiempo llevo pensando seriamente en regresar a mi amada tierra.

—¿Adónde, Poeta?

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

El Banco guardó silencio.

—No te lo puedo creer…

La madera pareció contener el aliento.

—Si es exactamente el lugar que estoy pensando… juro que me voy a morir de la envidia aquí mismo.

El Poeta sonrió de oreja a oreja.

—Pues dilo fuerte.

Los dos se miraron.

Y, al mismo tiempo, gritaron hacia la inmensidad de la noche:

—¡¡¡Pal Caribe!!! ¡Donde nace la verdadera poesía!

La carcajada fue tan grande que terminó doblándolos de la risa.

Cuando por fin lograron recuperar el aliento, el Poeta volvió a hablar.

—Banco… todavía falta lo mejor.

Sacó un sobre reluciente.

—Mira lo que tengo aquí.

—¿Qué es eso? —preguntó el Banco con curiosidad—. ¿Son dos boletos de viaje? Espera… ¿dos?

El Poeta asintió.

—Sí.

—¿Y para quién es el segundo?

El escritor sonrió.

—Para ti.

El Banco quedó inmóvil.

Hasta sus clavos parecieron aflojarse por la sorpresa.

—No juegues conmigo, Poeta…

Su voz se quebró ligeramente.

—¿De verdad hablas en serio? ¿Cómo piensas llevar un banco de caoba entero por los aeropuertos del mundo?

El Poeta le dio una palmada en el respaldo.

—Eso ya lo resolví hace tiempo.

El Banco permaneció en silencio.

—Fui al mercado cósmico…

Hizo una pausa.

—…y te compré un avatar humano.

La madera dejó escapar un crujido tan profundo que parecía nacer desde el corazón mismo de sus vetas.

—¿Qué…?

—Así es. Tendrás un cuerpo de carne y hueso. Caminarás conmigo por las playas del Caribe, podrás hablar con la gente cara a cara… y, por si fuera poco, ¡nos vamos a bañar juntos en el mar!

El rincón entero quedó en silencio.

El Banco sintió que todas sus vetas vibraban de felicidad.

—Me vas a hacer llorar, Poeta… —susurró conmovido—. ¿De verdad es posible un milagro así para alguien como yo?

—Claro que sí, hermano. La idea se me ocurrió hace tiempo, pero fue después de hablar esta mañana con Primavera cuando comprendí que había llegado el momento. Nos merecemos este viaje.

El Banco no respondió.

Después dejó escapar un largo crujido de felicidad.

—Eres un amigo de verdad, Poeta.

Hizo otra pausa.

—El mejor amigo que el universo pudo regalarme.

De repente sacudió sus esquinas con entusiasmo.

—¡Vámonos a comprar un traje de banco!…

Se quedó pensativo.

—Digo… ¡un traje de baño!