La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Tú me ves
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Tú me ves

—¡Poeta! Qué sorpresa tan agradable —saludó Primavera con una calidez que iluminó el ambiente—. ¿Qué milagro te trae por aquí?

—¡Hola, Primavera! —respondió el escritor, esbozando una leve sonrisa—.

Perdona que llegue así, de improviso, pero de verdad necesitaba hablar contigo.

Hay cosas que puedo conversar con mi amigo el Banco; sin embargo, hay otras que solo tú podrías comprender.

Tú conoces mi alma, Primavera. Tú sabes lo que siento… Tú realmente me ves.

—Tranquilo, Poeta —le pidió ella, acercándose despacio—. Siento que estás triste. Te percibo apagado, igual que aquella vez en que quedaste atrapado en la tierra de los sueños.

—Sí… no te lo puedo negar —confesó él, bajando la mirada—. Hay algo que lleva días rondando por mi cabeza y me tiene confundido.

—Cuéntamelo. Pero recuerda que, mientras hablas, debo sostener tu mano para sentir en mí lo que tú estás experimentando. Háblame sin reservas.

El Poeta extendió la mano y, al sentir el roce de Primavera, dejó escapar un largo suspiro.

—Creo que… por primera vez en mi existencia… me siento solo.

—No me digas que vas a perderte otra vez en tu propia melancolía, Poeta —dijo ella con preocupación.

—¡Ah, no! Nada de eso —respondió con un tono ligeramente cómico, intentando aliviar la tensión.

Primavera sonrió apenas. Sin dejar de percibir la energía que fluía por las manos del Poeta, preguntó:

—¿Y qué pasó finalmente con Luna? Creía que entre ustedes existía algo más que una amistad.

—No, Primavera. Luna para mí es como una hermana de toda la vida —aclaró.

Primavera asintió.

—Poeta, has pasado casi toda tu existencia observando el cosmos y entregándote por completo a los demás.

Nos has regalado tu arte, tu poesía y tu cariño sin pedir nada a cambio.

Creo que ha llegado el momento de que tú también recibas algo.

Necesitas darte la oportunidad de bajar la guardia y permitir que el amor llegue a tu vida con naturalidad.

—A estas alturas no entiendo qué siento —admitió—. Nunca imaginé experimentar algo así. Toda esta soledad me ha llevado a cuestionar lo que realmente siente mi corazón.

—En el amor verdadero no debería haber espacio para las dudas, Poeta.

Él guardó silencio.

—Es exactamente lo que yo también pienso.

Pero soy poeta, Primavera. Vivo la vida para después escribirla.

El problema es que, mientras la estoy viviendo, una parte de mí se aparta y comienza a observarlo todo desde lejos.

Empiezo a tomar notas mentales y termino convirtiendo la realidad en un poema.

Me siento el protagonista… y el espectador de mi propia historia al mismo tiempo.

Primavera apretó con suavidad su mano.

—Poeta… ya es hora de que dejes de ser espectador y empieces a pensar un poco más en ti.

Hizo una breve pausa.

—Por cierto, ¿has vuelto últimamente al Caribe?

—Sí. Estuve allá hace unos meses con Luna —recordó con nostalgia—. Conversamos mucho junto al mar. La pasamos muy bien y logramos aclarar muchas cosas que habían quedado pendientes entre nosotros.

—Cada vez que viajas al Caribe regresas diferente —dijo Primavera con una sonrisa tranquila—.

Hay una energía muy especial en ese lugar.

Siempre consigue devolverte la paz. ¿Por qué no preparas tu equipaje y vuelves una temporada?

Quién sabe si el destino tenga reservado algo hermoso para ti en esas tierras cálidas.

El Poeta meditó la propuesta.

Poco a poco, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.

—Pensándolo bien… creo que sería una maravillosa idea.

—Pues no lo pienses demasiado —rió Primavera—. Ve. Estoy segura de que, cuando regreses, vendrás corriendo a darme las gracias.

El Poeta sonrió con un alivio que hacía días no sentía.

—Creo que sí… creo que lo haré. Muchas gracias, Primavera. Conversar contigo siempre me devuelve la paz que tanto necesito.

—Ve con Dios, mi querido Poeta.

Hizo una breve pausa antes de sonreír.

—Y disfruta el viaje.