Pasaporte interestelar
Mientras el Poeta dormía plácidamente en su cama de Kansas, algo totalmente extraordinario sucedía a miles de millas de distancia.
Gaia y Electra finalmente habían aterrizado en el Caribe, estrenando con emoción sus flamantes cuerpos humanos. Sin embargo, había un pequeño detalle difícil de ocultar: ambas poseían un brillo y un magnetismo poco usual entre los seres mortales.
Todo iba viento en popa, hasta que el oficial revisó los documentos, levantó la vista y les preguntó:
—¿Y qué nombres son estos?
A las dos viajeras se les había olvidado por completo un pequeño detalle: los documentos originales aún conservaban registrados sus nombres cósmicos.
Reaccionando a la velocidad de la luz, Electra le dio un sutil codazo a su amiga y ambas asumieron, sobre la marcha, sus nuevas identidades terrenales.
—Camila —respondió Gaia.
—Amelia —añadió Electra.
El oficial selló los documentos sin hacer más preguntas.
Los veinte minutos de trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel las dejaron sumidas en un auténtico shock cósmico.
Contemplaban por la ventanilla los majestuosos paisajes montañosos, las infinitas aguas azules del océano y las pintorescas casas de vivos colores que aparecían a ambos lados del camino.
Al cruzar el umbral del hotel, sus nuevos cuerpos comenzaron a hormiguear de pura electricidad sensorial. Jamás, en sus milenarias existencias, habían experimentado algo semejante.
Quedaron fascinadas con la tecnología humana, que consideraban incluso más moderna que la de las Pléyades. Les sorprendió descubrir que las puertas de las habitaciones se abrían con una tarjeta electrónica y no mediante el tradicional reconocimiento de ADN galáctico al que estaban acostumbradas.
Cuando por fin entraron a la suite, Gaia recorrió cada rincón con la mirada y terminó llorando de pura emoción.
En cuestión de segundos ya se imaginaba viviendo allí para siempre.
Incluso llegó a plantearse mudarse definitivamente a la Tierra, disfrutar del Caribe durante el día y subir a trabajar al firmamento por las noches.
Aunque, claro, esa logística todavía necesitaba un poco más de planificación.
Todo le parecía maravilloso.
Sin embargo, la vida humana también traía consigo ciertos misterios domésticos.
No tenían la menor idea de cómo dormir en una cama.
Jamás una estrella había visto una ducha.
Y, por si fuera poco, tampoco comprendían para qué servía aquel extraño aparato cerrado llamado ascensor.
Tenían muchísimo que aprender sobre las costumbres de los mortales.
Al encender la televisión, se quedaron estupefactas.
Simplemente no lograban explicarse cómo tantas personas podían vivir dentro de una caja tan pequeña.
Mientras contemplaba el vaivén de las olas desde el balcón, por la mente de Gaia solo pasaba una idea.
«¡Cómo carajos no se me ocurrió venir antes! ¡Esto es el auténtico paraíso! ¡Me encanta!»
Al entrar en el lujoso cuarto de baño apareció el primer gran enigma tecnológico.
—¿Qué es esto? —preguntó Electra, observando con absoluta perplejidad la cabina de la ducha.
—Pues la verdad… ¡ni la menor idea! ¿Probamos a ver qué pasa? —propuso Gaia, acercándose con curiosidad.
—¡Gaia, hazlo tú primero! ¡Tengo miedo! —dijo Electra, dando un paso hacia atrás.
—¡Tranquila, bebé! Tú sabes que soy experta en descifrar cosas raras. Déjame ponerme los lentes del español…
Se acercó para leer la inscripción.
—Aquí dice: «Frío» y «Caliente». Bueno… ¡habrá que averiguar qué significa eso!
—¡Dale hacia el lado derecho! —indicó Electra desde una distancia prudencial.
Gaia giró la llave.
Un potente chorro de agua impactó contra las baldosas.
—¡Mi madre! ¡Santos del cosmos! ¿Pero qué es esto? ¿A esto es a lo que los humanos llaman frío? ¡Por poco se me apaga el cerebro del impacto!
Electra levantó la vista.
—¡Y mira eso de arriba! ¡Sale agua por esos pequeños orificios! ¡Guau! No sabía que las nubes también venían empaquetadas dentro de los hoteles.
Gaia abrió los ojos de par en par.
—¡Espera, Electra! Si eso es verdad, juro que voy a regresar al espacio a hablar seriamente con el Sol.
Fue lo primero que le advertí. Le dije claramente que las nubes no vinieran a hacer de las suyas durante nuestro viaje.
¡Y mira dónde están! ¡Se metieron aquí de espías!
¡Salgan de ahí, nubes traidoras! ¡Salgan de ese tubo de metal ahora mismo!
Electra observó la ducha.
—Gaia… aquí no hay ninguna nube. Mira bien. Eso parece un sistema mecánico del edificio.
Gaia volvió a mirar la regadera.
—Ah… ya veo.
Las dos soltaron una carcajada.
—¡Ahora dale para el lado izquierdo! —propuso Electra.
Gaia movió la manecilla.
Una densa columna de vapor comenzó a elevarse dentro de la cabina.
—¡Dios mío! ¡Por las barbas de Atlas! ¿Qué clase de brujería es esta? ¡Estos humanos están locos de remate! Mira esto… ¡esta agua está muchísimo más caliente que yo cuando me enojo!
—¿Y ahora qué hacemos?
—¡Pon la llave justo en el medio!
Gaia la colocó en la posición central.
El agua helada y la hirviente comenzaron a mezclarse hasta convertirse en una cascada tibia.
—¡Ah!… —suspiró, relajando los hombros—. Mira qué delicia… Ya entiendo por qué los humanos pasan horas bañándose. ¡Podría durar una eternidad bajo esta tibieza!
—¿Y qué vas a hacer ahora, Gaia?
—¿Es que acaso no lo adivinas? Acabo de descubrir la verdadera utilidad de este invento terrestre.
—¿Cuál?
—¡Meter aquí mis hermosos pies humanos para relajarlos después de la caminata! Me fascina este cuerpo de diosa de agua que tengo y pienso consentirlo al máximo durante todas las vacaciones.
Electra arqueó una ceja.
—¿De diosa de agua? Tú siempre sales con cosas raras que no logro entender.
Gaia sonrió con picardía mientras acomodaba su cabello rojo frente al espejo.
—¡Jajaja! Pues ya viste una muestra…
Se observó unos segundos.
—¡Encantadora yo, mamita!