La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El álamo de doscientos años
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El álamo de doscientos años

El Poeta regresó apenas cinco minutos después de haberse marchado. De pronto sintió que había olvidado hacer algo importante y, efectivamente, se trataba de contarle al Banco que le tenía preparada una sorpresa.

El Banco se sacudió, sorprendido.

—¿Buena o mala, Poeta?

El escritor sonrió.

—¿Cómo crees, Banco? Conmigo siempre serán buenas. Pero tranquilo, todavía no te adelantes. Estoy seguro de que te va a gustar.

El Banco guardó silencio.

—Poeta… antes de que vuelvas a irte, quiero preguntarte algo.

—¿Qué será? Dime.

—Cada noche, cuando te marchas por ese sendero, siempre me pregunto si visitas a alguien más. Muchas veces me has dicho que soy tu único amigo terrenal y de verdad te creo… pero ¿qué haces realmente cuando te vas de mi lado?

El Poeta contempló la penumbra antes de responder.

—Camino. Me gusta recorrer las calles cuando todo está en silencio. Observo la fauna que solo se atreve a salir de noche. Hay unos mapaches que viven en los álamos de algodón. ¿Has visto alguna vez ese árbol?

—Claro que sí.

—A mí me fascina. Frente a mi casa hay uno que tiene más de doscientos años. Está hueco por dentro y se ha convertido en el hogar de muchos animales. Más de una vez me han pedido que lo corte por seguridad… pero siempre me niego.

—¿Y por qué?

El Poeta levantó la vista.

—Porque siempre termino haciéndome la misma pregunta: ¿quién soy yo para decidir el destino de un árbol que ha vivido más de doscientos años? Tiene mucha más historia, mucha más experiencia y mucha más sabiduría que yo.

El Banco permaneció en silencio.

—Después me quedo un rato mirando a la Luna, viendo cómo cruza el cielo con esa elegancia tan suya. Luego regreso a casa y converso un momento con la Señora Sábana.

—¿Y qué te da ella?

El Poeta sonrió.

—Cobijo.

La madera dejó escapar un leve crujido.

—Poeta… eres un hombre afortunado.

—Sí… creo que sí.

Hizo una breve pausa.

—Aunque te voy a contar una anécdota que todavía me hace reír.

El Banco prestó toda su atención.

—Una noche estaba sentado en el porche con un vecino contemplando el cielo cuando, de repente, salió un mapache enorme del tronco del álamo. Mi vecino casi se muere del susto.

El Poeta soltó una carcajada.

—Pero el mapache salió con una tranquilidad increíble. Nos miró como diciendo: «Los que sobran aquí son ustedes». Después dio media vuelta con toda la calma del mundo… y siguió su camino como si fuera el dueño legítimo del vecindario.

El Banco pareció sonreír.

—Desde entonces, casi todas las noches me siento un rato esperando volver a verlo. A veces aparecen otros más pequeños… pero nunca aquel viejo gruñón.

El Poeta miró el sendero que conducía a su hogar.

—Mi patio es un lugar maravilloso, Banco.

Algún día te arrancaré de este rincón y te llevaré conmigo para que veas los conejos correr entre la hierba, los cardenales buscando gusanos después de cortar el césped y toda esa vida que despierta cuando uno se detiene a observarla. Para mí, esta vida terrenal es hermosa.

El Banco crujió con una profunda felicidad.

—Sí que lo es, Poeta.

Hizo una pausa.

—Y se nota en tus ojos cada vez que hablas de ella.