El Astro Rey
Mientras Gaia convencía a su padre, a unos cuantos años luz de distancia, Electra conversaba animadamente con su gran amigo el Sol.
—¡Niña, por Dios! No me llames así —la reprendió el Sol, bajando la voz—. Recuerda que al Creador no le agrada que me llamen «el Rey». El único Rey es Él.
El Sol resplandeció un poco más.
—Muchas gracias, Electra. Ahora dime, ¿en qué te puedo ayudar? Qué raro es verte por aquí sola y que no andes de arriba abajo con tú sabes quién.
—Precisamente por eso. Gaia y yo estamos pensando en tomarnos unas merecidas vacaciones.
—¿Vacaciones de estrellas? —preguntó el Sol, sorprendido—. Eso sí que es una novedad. ¿Y adónde piensan ir?
—Al Caribe. Queremos darnos un paseo por la Tierra y disfrutar unos días de playa.
Los ojos del Sol brillaron con picardía.
—¿Y yo podría ir con ustedes?
—¡Claro que no! —respondió Electra entre risas—. Son vacaciones exclusivas para chicas estrellas. No se admiten estrellas varones.
—Bueno… tenía que intentarlo —contestó el Sol con una sonrisa luminosa—. Entonces dime, ¿qué necesitas?
—Quiero pedirte un favor.
—Tú dirás.
—Gaia y yo vamos a estar instaladas en la Tierra durante quince días. Quería pedirte que, mientras estemos allá, le bajes un poquito a tu intensidad. A veces te da por quemar todo lo que se cruza en tu camino y, sinceramente, podrías ser un poco más considerado con los seres humanos.
El Sol se encendió de indignación.
—¡Pero si los locos son ellos! Se ponen dizque a tomar el sol por la vitamina D… ¡y nunca saben cuándo detenerse! Después vienen las quemaduras y el culpable terminó siendo yo. Yo no tengo la culpa de nada. Los culpables son ellos, que abusan de mi buena energía.
Electra soltó una sonrisa.
—Bueno, como sea, ya te dejé el encargo.
El Sol meditó la petición.
—Está bien. Haré el esfuerzo. Es más, voy a pedirles a las nubes que, de vez en cuando, se coloquen delante de ustedes para regalarles un poco de sombra.
—Con que no llueva, todo está perfecto… —advirtió Electra, poniéndose seria—. Tú sabes lo que nos puede pasar si nos mojamos. El avatar se disuelve, Sol. En cuestión de segundos volveríamos a ser lo que somos.
El Sol asintió con gravedad.
—Sí, lo sé. No te preocupes. Las cuidaré.
—Muchísimas gracias, Sol. Tú, como siempre, eres un amor de astro.