La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Las vacaciones de Gaia
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Las vacaciones de Gaia

De vuelta al universo sideral, Gaia desplegó todas sus artes para convencer a su padre de algo que él jamás, en toda la eternidad, había escuchado: vacaciones.

—¡Hola, pá! ¿Cómo estás? —saludó Gaia, acercándose con su sonrisa más encantadora—.

Sabes que ayer estuve observando el cosmos y, para mí, eres, sin duda, el astro más grande y majestuoso del universo.

Eres tan fuerte que tienes la increíble capacidad de sostener el firmamento con una sola mano, de enfrentarte a todos los desafíos y a los peligros más desconocidos.

—OK, OK, OK… Al punto, hija mía —la interrumpió Atlas, acomodando el peso del cielo sobre sus hombros—. Te conozco y sé muy bien que quieres conseguir algo. ¡Ya deja de adularme!

—¡Ay, no, pá! Eso no es verdad —protestó ella, fingiendo indignación—. ¡Yo de verdad te admiro muchísimo!

—Sí, eso también lo sé… Pero dime de una vez, ¿qué es lo que quieres?

—Pá… ¿Verdad que tú trabajas demasiado?

—¡Sí! Todo el tiempo. Sin un solo segundo de descanso.

—¿Y verdad que todo el que trabaja arduamente, de vez en cuando, necesita unas vacaciones más que merecidas?

—Pues claro… Aunque ese concepto lo inventaron los seres humanos y todavía no sé de dónde demonios lo sacaron, estoy totalmente de acuerdo con la idea.

—¡Justo a ese punto quería llegar, pá! —exclamó Gaia, dando una palmadita en el aire—.

¿Sabes cuántos siglos llevo trabajando todas las noches sin tomarme un solo respiro?

¡Desde el mismísimo día en que nací! Por eso quería preguntarte si puedo tomarme unas merecidas vacaciones para ir al Caribe junto con Electra.

—¿Al Caribe? ¿De vacaciones? —Atlas frunció el ceño, haciendo temblar un par de constelaciones—. ¡Ni pensarlo!

—¿Cómo que ni pensarlo? ¿Y por qué? —El tono de Gaia cambió al instante al de un drama absoluto—.

Pá, me siento agotada. Siento que desfallezco a cada momento.

¡Mírame! Ya no ilumino con la misma intensidad de antes.

Me estoy desgastando por completo. ¿No me ves?

Me veo pálida, demacrada… ¡Necesito un descanso urgente!

—Pero es que esta es la primera vez, en toda la eternidad, que veo a una estrella pidiéndome vacaciones —repuso Atlas, rascándose la cabeza, confundido.

—Pues que mis dolencias sirvan para implementar una nueva regla en el universo: ¡las estrellas deben tomar vacaciones, aunque sea una vez cada cien años! Además, pá, una pregunta…

Gaia entornó los ojos y cruzó los brazos.

—Llevo siglos trabajando sin parar y nunca he visto un solo cheque llegar a mi nombre desde la Tesorería Universal. ¿O es que acaso ese beneficio tampoco existe?

Atlas se quedó mudo, superado por la labia de su hija.

Al final, resignado, soltó un largo suspiro.

—Mira… ¿Sabes qué? Vete de vacaciones. Vete ya. Después hablamos de todo lo demás.

—¿De verdad, pá?

Los ojos de Gaia recuperaron todo su brillo.

—Claro, claro, claro… Anda, ve y diviértete.

—¡Te amo, pá! —gritó ella, lanzándole un beso volado mientras salía corriendo a toda velocidad.

Atlas la vio marcharse y negó con la cabeza.

—Sí, claro… Después hablamos de mi salario… ¡Adiós, Gaia!