El papel
Mientras tanto, en otro rincón de la Tierra, el Poeta y el Banco conversaban sobre cómo iniciar una conversación genuina con Gaia.
—¡Banco! Hay algo que no deja de dar vueltas en mi cabeza… ¡Y por más que lo intento, no encuentro cómo resolverlo! —confesó el Poeta, caminando de un lado a otro.
—Háblame. Solo así podré entenderte —respondió el Banco con calma.
—¿De qué podríamos hablar Gaia y yo si nos sentamos juntos?
No creo que tengamos absolutamente nada en común.
Ella, a simple vista, es espontánea, extrovertida e impulsiva.
En cambio yo… solo puedo sostener una conversación de horas contigo.
Ella es una estrella a gran escala, una deidad del firmamento; yo, un simple poeta caribeño mortal.
El Banco guardó un breve silencio, dejando que sus vetas asimilaran el peso de las dudas de su compañero.
—Poeta… te voy a dar una sola recomendación, y te prometo que no te costará ningún esfuerzo ponerla en práctica.
—¿Cuál?
—Sé poeta.
—¿Sé poeta? ¿A qué te refieres?
—A que, cuando llegue el momento de tenerla frente a frente, simplemente cuentes tu historia y dejes que ella cuente la suya. Esa es la única forma en que ambos podrán conocerse de verdad.
—¿O sea… que solo debo ser yo mismo?
—¡Sí! —exclamó el Banco, crujiendo con entusiasmo—. ¿Qué es lo que mejor sabes hacer en esta vida?
—Escribir. Amo escribir. El arte de plasmar el alma en letras es lo que me da vida.
El Banco sonrió.
—Entonces… simplemente escribe con ella.
El Poeta permaneció en silencio.
—Piensa que ella es el papel y escribe tu vida, en poesía, sobre él.
El Poeta se detuvo en seco. Miró fijamente la veta de caoba de su amigo, sorprendido por la profundidad de aquellas palabras, y esbozó una sonrisa de alivio.
—Creo que tienes toda la razón, mi querido Banco.