Miss Bikini Cósmica
Mientras el Poeta experimentaba un profundo cambio de parecer en la Tierra, allá arriba, en el firmamento, Gaia y Electra compartían una animada conversación.
—Electra, veo que ya volviste —la abordó Gaia en cuanto la vio llegar—. ¿Hablaste con él?
—Sí, hablamos un rato y me entregó este paquete lleno de brillos de labios —respondió Electra, mostrándole el encargo.
—¡Están hermosos! —admitió Gaia mientras revisaba los colores—. De verdad que ese hombre sabe comprar.
—Bueno, para algo tiene que servir en este universo, ¿no crees? —bromeó Electra.
—¡Oye, no lo trates así! —lo defendió Gaia.
Electra sonrió con picardía.
—¿Sabes qué, Gaia? Creo sinceramente que ustedes dos harían una hermosa pareja.
—¡Es la última vez que dices semejante insolencia! —sentenció Gaia, intentando recuperar su postura de diva—. Ese Poeta y yo jamás podríamos estar juntos.
—¡Qué feo y dramático suena ese «jamás»!
—Cambiando de tema, te tengo una propuesta… ¿No crees que sería buena idea pedirle a mi papá que nos permita tomar vacaciones por varias noches? Llevamos millones de años trabajando sin parar en el firmamento y nunca hemos pedido un merecido descanso.
—¿Y qué planeas hacer durante esas vacaciones?
—¿Recuerdas que he estado observando mucho el Caribe? Esa zona me fascina. ¡Vamos y nos damos un buen baño en la playa!
—Suena espectacular, pero hay un pequeño problema.
Electra arqueó una ceja, intrigada.
—¿Cuál?
—Que una estrella como yo, bañándose entre simples mortales, en una playa cualquiera… ¡Eso no es digno de Miss Cosmos!
Electra soltó una carcajada.
—¡Gaia, por Dios! A veces se te olvida que también puedes ser una estrella normal y disfrutar como cualquiera.
—¡Ay, hombre! —replicó Gaia con dramatismo—. ¡Es que me cuesta bajar de mi nube!
—¡Pues claro que vamos a ir! Lo único que necesitamos son unos buenos bikinis… y suficiente protector solar.
—No, hombre… —suspiró Gaia, un poco más convencida—. Además, tenemos que hablar con el viejo Sol para pedirle que se porte bien y no nos dé tan duro con sus rayos cuando estemos allá abajo.
—Habla tú con él.
—Ay, no. Tú sabes que el Sol es muy amigo de la cara de queso…
—¿De quién? ¿De Luna?
—Sí. Y sabes que no la soporto.
—Está bien, hagamos un trato. Habla tú con tu papá para que nos dé permiso, y yo me encargo de hablar con el Sol.