Leña de hoguera
Finalmente, el Banco había comprendido la magnitud de su error y no tardó en hacérselo saber al Poeta.
—Poeta… ahora entiendo la enorme confusión en la que estaba. Confundí el nombre de la estrella de mis sueños. ¿Y ahora cómo solucionamos este enredo?
—Hasta el momento no tengo la menor idea —admitió el Poeta, cruzándose de brazos—, pero tenemos que encontrar la forma.
—Porque, seamos realistas, no podemos escribir una nota en el aire que diga: «¡Oh, Electra!
Resulta que el perfume y la carta de amor en realidad eran para ti, no para Gaia».
Sería el fin del mundo. Tenemos que buscar una solución inteligente…
y no se me ocurre ninguna. ¿Y si llamamos a las dos al rincón de siempre y les explicas todo?
—¡Banco, tú les explicas! —saltó el Poeta—. ¡Yo solo fui tu intermediario!
—Sí…, pero tú escribiste la carta con tu puño y letra… y tú compraste el perfume en Plutón —le recordó el Banco, crujiendo de preocupación—. Creo que los dos tenemos muchas explicaciones que dar. Por favor, Poeta, no me dejes solo en esto. No quiero terminar mis días convertido en leña de hoguera.
El Poeta suspiró hondo, conmovido por el pánico de su viejo compañero de madera.
—Está bien. No te voy a desamparar. Además, anoche estuve pensándolo seriamente. Creo que debo invitar a la verdadera Gaia a un café. Quiero disculparme con ella por lo tosco, frío y directo que fui aquel día en el mercado de Plutón, cuando ella me invitó y la rechacé.
—Esa es una excelente idea, Poeta —asintió el Banco—. Tal vez una conversación baste para descubrir a la Gaia que nunca te has permitido conocer.
—Sí… tienes toda la razón. Tengo que pensar cómo abordar el asunto. Quizá aproveche la guardia de esta noche en el firmamento para hablar con ella.
Era una misión complicada y arriesgada, pero el Poeta ya había tomado la firme decisión de intentarlo.