Las flores del Banco
Llegó la hora pactada y una silueta resplandeciente descendió del firmamento saludando con amabilidad:
—¡Buenas tardes!
El Banco se quedó petrificado… mudo. Sus clavos palpitaban con fuerza, como caballos desbocados en plena carrera.
—¿Cómo está? —respondió el Poeta con una sonrisa—. Usted ya conoce a mi gran amigo el Banco, ¿verdad?
—Sí, claro. Nos hemos visto antes por aquí.
El Banco solo percibía aquel aroma y aquella dulzura mística que lo tenían enamorado. La estrella se sentó un instante sobre él y apoyó su mano brillante en el asiento.
A la caoba se le detuvo el pulso de la savia.
Perdió la noción de las cosas y quedó flotando en un mar de nervios.
Al notar el denso silencio de la madera, el Poeta preguntó de reojo:
—¿Estás bien, amigo?
—¡Sí, claro! —repuso el armatoste, recuperando el aliento.
Haciendo un esfuerzo supremo, el Banco al fin pudo articular palabra.
—¡Hola, señorita Gaia!
Electra soltó una carcajada limpia y sonora.
—¡Me confundes, viejo amigo! ¡Yo soy Electra!
Un silencio cósmico invadió la mente del Banco.
«¿Será que de verdad el Poeta tenía toda la razón? Definitivamente se me deben haber aflojado más de un clavo.»
Tratando de asimilar el golpe de realidad, balbuceó:
—¿No escuché mal? ¿Usted es… Electra?
—Sí, Electra. ¡No escuchó mal!
El Poeta miraba al Banco con expresión de «te lo dije», y el Banco miraba al Poeta con los clavos torcidos por la vergüenza.
Para romper la tensión, Electra posó los ojos sobre el obsequio.
—¿Y esas flores tan hermosas para quién son?
—Para usted —respondió el Poeta—. Son de parte de mi amigo el Banco.
—¿Y eso por qué? —preguntó Electra, confundida, aunque halagada.
—Mi amigo tiene la costumbre de entregar un presente a sus visitantes más distinguidos —improvisó el Poeta con astucia.
—Ah… ¡Muchísimas gracias!
Y dirigió al Banco una mirada cargada de genuino agradecimiento.
Justo entonces, algo llamó poderosamente su atención. Había un aroma familiar y cautivador en el aire que la atraía de una forma extraña, pero no lograba descifrar si provenía de las vetas del Banco o de la foresta que los rodeaba.
Como los astros no pueden permanecer mucho tiempo en la superficie terrestre, llegó el momento de despedirse. Electra emprendió el regreso al espacio exterior, perdiéndose entre las constelaciones.
El Banco permaneció inmóvil, contemplándola en el horizonte con los ramos de flores sobre sí, mientras el Poeta lo sacudía levemente.
—Amigo… despierte.