¡Estás que babeas!
Mientras Gaia y Electra conversaban en el firmamento, esta última recibió una nota del Poeta notificándole que los brillos de labios que le había encargado ya estaban en su poder y listos para ser entregados.
Electra guardó el mensaje y le comentó a Gaia que debía ausentarse un momento.
—¡Gaia, voy a salir un rato!
—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—Voy a ver a tu amado.
—¿Qué? —Gaia abrió los ojos de par en par, sintiendo un vuelco en el pecho—. ¿Cómo que a mi amado? ¿Para qué?
—¿Acaso no recuerdas tu brillante idea de mandarlo a comprar brillos de labios a Plutón? —le recordó Electra con una sonrisa pícara—. Pues resulta que ya los tiene… ¡y quiere entregármelos hoy mismo!
—¡Déjalo plantado! —sentenció Gaia, cruzándose de brazos.
—Tú sabes que no voy a hacer eso. Sería de muy mala educación.
—¡Qué rabia me da ese poeta! —refunfuñó Gaia, dándole la espalda.
—¡Gaia! —la llamó Electra con firmeza.
—¡Dime!
—¡Estás que babeas por ese mortal!
—Adiós, Electra… —cortó Gaia, intentando ocultar el rubor azul de sus mejillas.
—¡Te amo, amiga! —se despidió Electra entre carcajadas.
Electra partió. Gaia quedó entre el orgullo, el enojo y un amor que le calaba hasta los tuétanos.