La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) ¿Por qué no la invitas a un café?
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¿Por qué no la invitas a un café?

Después de escuchar lo ocurrido en el mercado de Plutón, el Banco preguntó:

—Poeta, ¿qué vas a hacer con el enredo que tienes?

—¿Cuál enredo, Banco? —se hizo el desentendido.

—El de la carta que tenemos que enviar para aclarar las cosas.

—Vuelves tú con lo mismo… Eso no se va a arreglar con una simple carta, Banco.

A decir verdad, no tengo la menor idea de cómo vamos a solucionar esto.

Y, por cierto, te voy a hacer una pregunta: ¿por qué dices que es mi enredo?

Este es tu enredo, amigo mío. Yo solo me estoy partiendo la cabeza para intentar salvarte de esa loca.

Hizo una breve pausa.

—Aunque…, pensándolo bien, ayer que la vi en Plutón no parecía la misma de siempre. Tenía algo diferente que me llamó la atención.

—¿Qué tenía, Poeta? —preguntó el Banco.

—Era… amable. Se mostró extrañamente dócil.

—Esa estrella nunca ha sido amable en toda su existencia cósmica —replicó el Banco—. No seas dramático, Poeta. ¿Acaso no la conoces?

—¿Y tú, Banco, de verdad la conoces? —reviró él—. Hablas de ella como si supieras exactamente todo lo que pasa por su mente.

—Bueno, al menos he visto cómo es cuando baja a la Tierra.

—Pero ¿alguna vez te has tomado el tiempo de conocerla? —insistió el Banco con su sabiduría de madera—. ¿Te has sentado un solo día a hablar con ella…, a conversar de verdad?

—Pues no. Nunca lo hemos hecho. Siempre terminamos discutiendo.

—Entonces deberías darte, al menos una vez, la oportunidad de conversar con ella a solas. Quizá descubras a alguien que todavía no conoces.

El Poeta soltó una carcajada para ocultar su incomodidad. Se puso de pie y miró a su alrededor.

—De verdad estoy pensando seriamente en pedirle a la Policía Cósmica que venga a investigar a quién se le zafó un clavo primero: a ti o a mí.

—No es una broma, Poeta… —sentenció el Banco con total seriedad—. ¿Por qué no dejas el orgullo a un lado y la invitas un día a un café?

—Me voy, Banco. No quiero seguir hablando de esto —dijo el Poeta, dándole la espalda—. Nos vemos en la noche para el turno.

El Poeta se marchó a paso rápido por la senda.

El Banco permaneció inmóvil bajo el cielo de Kansas. Mientras veía alejarse a su amigo, comprendió que la tormenta aún estaba lejos de terminar.