La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Los tuétanos
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Los tuétanos

—Gaia, sabes que no puedes mentirme —dijo Electra, tomándola de las manos—. Quiero hacerte una sola pregunta y necesito que me respondas con total sinceridad. ¿Me lo prometes?

—Depende de la pregunta —replicó Gaia, esquivando la mirada—. ¡No puedo prometer nada si ni siquiera sé qué me vas a preguntar!

—Eso no se vale. Prométeme que vas a ser honesta.

Sabes que soy tu mejor amiga.

Lo que me confieses se quedará entre nosotras.

Lo voy a respetar.

¿Acaso no somos como hermanas?

—OK, OK… está bien. Pregúntame —cedió Gaia con un suspiro—. Te prometo que te diré la verdad.

Electra la miró fijamente a los ojos y, sin rodeos, preguntó:

—¿Estás enamorada del Poeta?

La pregunta le apagó la luz por dentro.

El brillo de sus mejillas se extinguió y cayó desmayada.

Cinco minutos después comenzó a parpadear, recuperando la conciencia.

—¿Qué… qué me pasó? —balbuceó, llevándose una mano a la cabeza.

—Te pasó exactamente lo mismo que aquella vez que tuviste aquella aparatosa conversación con la Primavera, ¿recuerdas?

—¡No! ¡No lo recuerdo! —negó Gaia, incorporándose.

—Sí, Gaia… sí te acuerdas —insistió Electra mientras la ayudaba a ponerse de pie—.

Te voy a hacer otra vez la misma pregunta.

¿Estás enamorada del Poeta?

—¿De ese insípido estúpido? ¡Jamás! —exclamó Gaia, intentando recuperar su postura de diva—. Una estrella de mi categoría nunca se enamoraría de un aburrido como ese.

Recuerda quién soy.

—Gaia… me prometiste que me dirías la verdad —la interrumpió Electra con una voz suave, pero firme—.

Y siento que me estás mintiendo.

—¡Ay, amiga… por favor! No me hagas hablar.

—Dime la verdad.

Gaia cerró los ojos.

Respiró hondo.

Y terminó rindiéndose.

—Pues… ¡no lo sé!

Aquel día que lo vi en el mercado de Plutón me puse terriblemente nerviosa.

No supe qué hacer.

Me temblaban las piernas.

Sentí que se me iban las luces.

¡Hasta me puse amable con él!

Sentía que ni siquiera era yo.

Es que, cuando lo tengo cerca, me encanta mirarlo.

Y siempre…

Siempre he esperado que me dedique una poesía tan hermosa como la que venía en aquella nota.

¿Ya estás complacida?

Sí…

Lo he amado desde el mismísimo día en que lo conocí.

¡Y lo odié con la misma fuerza desde que nos llamó feas!

Electra guardó silencio.

Necesitaba asimilar aquella confesión.

Finalmente sonrió.

—OK, Gaia…

Ahora entiendo muchísimas cosas.

Estás enamorada hasta los tuétanos de tu insípido.

Al escuchar aquellas palabras en voz alta, Gaia sintió que las piernas volvían a fallarle.

Estuvo a punto de desplomarse por segunda vez.

Pero, haciendo un esfuerzo supremo, logró mantenerse en pie.

Era la primera vez, en toda su eternidad, que aceptaba algo que llevaba demasiado tiempo negándose a sí misma.

Se había enamorado.

Y, para colmo, del hombre desabrido que durante años había jurado despreciar.