El café rechazado
Finalmente llegó el momento del encuentro inesperado entre Gaia y el Poeta.
El único detalle era que el Poeta no tenía la menor idea de que alguien lo esperaba en el mercado de Plutón.
Todo había sido fríamente planeado por la estrella para que pareciera una simple coincidencia.
El Poeta se encontraba concentrado realizando el encargo de Electra cuando Gaia se le acercó sigilosamente, luciendo una sonrisa cuidadosamente ensayada.
—Hola, buenas tardes… Poeta, ¿verdad?
—Sí… pero eso usted ya lo sabe —respondió él, girándose con un tono seco y distante.
—Ah, es que se me había olvidado —mintió Gaia, intentando disimular el golpe a su orgullo—. Nos conocimos hace un tiempo.
¿Cómo le va?
—Muy bien.
¿Y a usted?
—Excelente, gracias por preguntar.
¿Verdad que la mañana está muy bella hoy en este lado del cosmos?
—Sí, lo está —respondió el Poeta con cortesía, pero sin detener su tarea—. ¿Le puedo ayudar en algo?
—No, para nada.
Solo quería preguntarle si está muy ocupado hoy.
—Sí, bastante.
Estoy haciendo unos mandados para su amiga Electra.
—¿Para Electra? —Gaia abrió los ojos de par en par, perdiendo por un instante la compostura—. ¿Y qué clase de mandados le está haciendo usted a Electra?
—Le estoy comprando unas cosas que ella misma me pidió.
—Oh…
No sabía que usted y Electra fueran tan amigos.
—No lo somos —aclaró el Poeta con firmeza—. Solo me pidió un favor y, por cortesía, decidí ayudarla.
—OK…
Ella no me había comentado nada de eso.
—¿Y acaso tenía que hacerlo?
Gaia se quedó muda.
—No… no, para nada… —balbuceó, intentando recuperar el control de su jugada maestra—. Por cierto… ¿Le gustaría tomarse un café conmigo cuando termine?
—No, muchas gracias.
Estoy verdaderamente ocupado.
La respuesta fue tan fría, tan directa y tan natural, que Gaia sintió que el universo entero se detenía por un instante.
Ella estaba convencida de que el Poeta, después de haberle enviado aquella nota y el perfume de los dioses, aceptaría la invitación sin pensarlo dos veces.
Pero el desplante fue absoluto.
Y, por primera vez desde que comenzó su investigación, Gaia sintió que una de sus certezas empezaba a resquebrajarse.