La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El error de los nombres
28%

El error de los nombres

El plan ya estaba en ejecución.

El Poeta caminaba por aquella senda angosta, bordeada de piedras desgastadas por el paso constante de quienes la transitaban.

No muy lejos se encontraba el Banco.

De pronto, una estrella lo interceptó.

Ya se habían cruzado antes y se conocían de vista, pero jamás habían sostenido una conversación formal.

Era Electra.

Venía a pedirle el favor que Gaia le había encomendado.

—Buenas tardes —saludó Electra.

—Buenas tardes —respondió el Poeta, deteniendo su paso.

—Sé que le parecerá extraño que lo aborde de esta manera, pero soy Electra. El otro día lo vi en el mercado de Plutón y se me ocurrió pedirle un gran favor.

Tengo que comprar unos regalos, pero sería demasiado obvio si fuera yo misma, ya que quiero que sea una sorpresa para mis amigas.

¿Cree que podría ayudarme comprando unos brillos de labios y algunos accesorios?

—Entiendo, pero no la conozco lo suficiente como para hacer ese tipo de favores —respondió el Poeta, mostrándose algo renuente.

Electra insistió con una sonrisa persuasiva.

—Sí, eso lo sé. Pero una persona como usted, tan servicial y de tan buena alma, no le negaría un favor a una pobre estrella que por primera vez le pide ayuda, ¿verdad?

El Poeta terminó cediendo.

—Bueno, si lo pone de esa manera, la ayudaré.

Deme una lista con las cosas que necesita.

Mañana por la tarde iré a Plutón y le haré ese favor.

—¡Excelente! Aquí tiene la lista —se apresuró a decir Electra—. Cuando los tenga listos, por favor avíseme cuánto le debo.

—Está bien. Yo la llamaré.

A unos metros de distancia, el Banco observaba atentamente la conversación.

En cuanto Electra se marchó flotando hacia el firmamento, el Poeta continuó su camino hasta llegar a su rincón de siempre.

El Banco no pudo contener la emoción.

—Poeta, ¿la viste?

—¿Que si vi a quién?

—¡A ella!

—¿A quién? ¿A la estrella que estaba hablando conmigo hace un momento? Sí, claro que la vi.

—¿Verdad que es hermosa? —suspiró el Banco—. Esa estrella me enamora por completo.

Se me fueron todas las fuerzas en cuanto la vi.

Los clavos casi se me saltan de tanta emoción.

Me quedé sin aire.

Cada vez que veo a Gaia me pongo así.

El Poeta se llevó ambas manos a la cabeza.

Abrió los ojos de par en par.

Y quedó estupefacto.

—Banco… ¿se te zafó un clavo, o qué?

—¿Y por qué lo dices? —preguntó el Banco, desconcertado.

—¡Porque esa no es Gaia!

Esa que estaba aquí es Electra.

Un silencio sepulcral cayó sobre la madera de caoba.

—Poeta… —susurró el Banco, comenzando a temblar—. No me digas que le enviamos el perfume a la estrella equivocada…

—¡Pero por Dios, Banco! ¡Te lo pregunté mil veces antes de hacer el envío!

—Sí, Poeta… pero yo juraba que esa era Gaia.

—No, tontito. Esa es Electra.

La conozco perfectamente bien.

—¡No puede ser! —insistió el Banco, negándose a aceptar la realidad—.

¡Esa hermosura de la que estoy enamorado se llama Gaia!

El Poeta se detuvo. —Banco… para ser más exactos: el perfume sí llegó a Gaia.

Lo que estaba equivocado era otra cosa. —¿Cuál?

—Tu corazón siempre fue de Electra. Le pusimos el nombre incorrecto a tu amor.

El Banco guardó silencio. —Eso lo resume todo —murmuró finalmente.

El Banco permaneció atrapado en su confusión, aferrándose a la idea de que no podía estar equivocado.

Y así pasaron horas interminables bajo el cielo de Kansas, intentando comprender cómo había sido posible una equivocación tan monumental.