La jugada
Gaia ya había ideado su plan maestro, pero para ejecutarlo necesitaría la colaboración de su mejor amiga.
—Electra, necesito tu ayuda —dijo en tono conspirativo.
—¿En qué te puedo ayudar ahora, Gaia?
—¿Podrías bajar a la Tierra y hacer unas averiguaciones por mí?
—Tú sabes perfectamente que no tenemos permitido ir a ese lugar —replicó Electra, retrocediendo un paso.
—Sí, lo sé, pero tranquila. Nadie se va a enterar. Yo te cuidaré la espalda desde aquí arriba.
—Sí, eso siempre lo dices… y siempre termino metida en problemas por tu culpa.
—No te vas a meter en problemas. Te lo prometo por mi brillo estelar.
—OK… ¿qué quieres que haga? —cedió Electra con resignación.
—Quiero que vayas al lugar favorito del Poeta.
—¿A dónde exactamente?
—Ahí donde se sienta todas las noches, junto a su banco. Ese banco viejo de madera.
—¡Oh, sí! El banco que tú querías secuestrar aquella vez, ¿verdad? —recordó Electra con una sonrisa burlona.
—¡Ay, ni me lo recuerdes! Qué locura la de aquella vez…
Pero bueno, afortunadamente la razón terminó imponiéndose.
Esa no era la mejor alternativa.
Y lo pasado, pasado.
—¿Y qué quieres que haga allí?
—Como quien no quiere la cosa, te acercas al Banco. Si el Poeta está presente, le pides un favor.
—¿Y qué clase de favor se supone que debo pedirle?
—Le vas a preguntar si puede ayudarte a comprar un brillo de labios en Plutón.
Dile que tú no puedes viajar hasta allá porque tienes muchísimo trabajo acumulado en el firmamento.
—Gaia, por Dios… esa es una excusa demasiado barata —señaló Electra, arqueando una ceja.
—No te preocupes. Ese hombre no se va a dar cuenta de nada.
—Está bien. Te ayudaré.
—Dile que, si puede, vaya mañana mismo.
Si acepta…
¡Le daré la sorpresa de su vida!
—¿Qué estás ideando, Gaia? —preguntó Electra, observándola con sospecha.
—Ya lo sabrás. Cuando regreses te lo cuento todo con lujo de detalles.
—¡Bueno! Está bien —asintió Electra con un profundo suspiro de resignación, preparándose para el viaje.