La tormenta
La noche estaba más estrellada de lo habitual y se sentía un aire de parloteo constante en el firmamento; pero, como siempre, había dos estrellas que llamaban más la atención por su intenso titileo.
Abajo, en Kansas, el Banco rompió el silencio:
—Poeta, estoy preocupado.
—¿Por qué, Banco? —preguntó él, dándole un sorbo a su café.
—No lo sé… Mi esencia de caoba me dice que algo anda mal.
—¿Cómo así, Banco? ¿A qué te refieres?
—A que todo se ve demasiado normal en el universo… y siento que una tormenta gigante se avecina.
¿No te has dado cuenta?
Hay demasiado chisme entre esas dos estrellas allá arriba.
¿Las estás viendo?
—Son puras suposiciones tuyas, Banco —lo tranquilizó el Poeta—. Siempre hacen lo mismo.
Cuchichean, cuchichean y cuchichean.
Eso es lo que hacen esas dos estrellas todo el tiempo.
—Sí, pero no lo sé…
Tengo el firme presentimiento de que algo no marcha bien.
—Tranquilo, mi Banco, que aquí estoy yo para protegerte —aseguró el Poeta con una sonrisa sincera—. Si esa loca de Gaia llega a enterarse de que fuiste tú quien envió el paquete y viene a reclamarte, ¡yo mismo te voy a defender!
No dejaré que te humillen, amigo mío.
Porque esa… esa es una estrella loca y caprichosa.
—¡No le digas así! —reclamó el Banco, saltando en su defensa.
—Lo siento, Banco… es que esa estrella de verdad me cae mal.
—Sí, Poeta, ya lo sé —suspiró el Banco—. Por cierto, ¿la has vuelto a ver?
—Dios me libre de encontrármela.
Creo que, si la veo, se me arruina el día por completo.
—¿Tanto así te desagrada?
—Pues no es precisamente la persona que deseo ver cuando la estoy pasando bien —admitió el Poeta—. Siempre me reclama algo sin que yo le haya hecho absolutamente nada.