La jugada maestra
—¡Electra, gracias por venir! —exclamó Gaia en cuanto vio a su amiga.
—¡No me des las gracias! —replicó Electra—. De todos modos teníamos que venir. ¿O es que ya no te acuerdas de que nos toca trabajar e iluminar el universo?
—Oh, sí, es verdad… Pero tranquila, que tengo todas las pruebas necesarias para demostrarte lo que ya sabíamos desde el principio: ¡ese perfume fue enviado por el Poeta!
—A ver… te escucho.
—Aquí están las pruebas, recién salidas del horno y confirmadas al más alto nivel —presumió Gaia, irguiéndose con orgullo—. ¿O acaso dudabas de mí? Nunca dudes de una detective estrella.
No sé cómo mi padre jamás me ha nombrado jefa de investigaciones de la Policía Cósmica.
En ese lugar lo único que hay son tontos útiles.
¡Mira que resolví un caso en una sola tarde y con resultados excepcionales!
—OK, OK… cuéntame.
—Primero: está confirmado que no fue Hamal.
Segundo: el paquete fue enviado, ¡adivina desde dónde!, ¡desde el Caribe!
Y tercero: tengo la prueba irrefutable.
—¿Cuál es?
—A escondidas del tonto útil del detective Capricornio, grabé la pantalla con las cámaras que él me enseñó.
¿Y quién crees que aparece en el video llevando un paquete justo a las diez de la mañana?
—¡No puede ser! —Electra abrió los ojos de par en par—. ¿De verdad era el Poeta?
¿Y ahora qué vas a hacer?
—Nada. Tú tranquila.
Tengo una jugada maestra para desenmascararlo.
—Cuidado con lo que haces, Gaia… Esa mirada tuya me da un miedo terrible.
—No te preocupes, amiga. Yo sé perfectamente lo que hago.
Electra observó aquella expresión inconfundible de estrella victoriosa que Gaia adoptaba cada vez que lograba un éxito.
Pero esta vez era diferente.
El brillo en sus ojos tenía una intensidad especial.
En su mente, Gaia acariciaba la romántica idea de que el Poeta, a pesar de todo su orgullo, había terminado rendido a sus encantos.
Y eso, para su corazón, representaba una victoria sin precedentes.
—¿Y qué vas a hacer ahora con toda esa información? —preguntó Electra, incapaz de contener la curiosidad.
—¡Vas a ver! —sentenció Gaia con una sonrisa enigmática.