La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Prueba 3 el detective Capricornio
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Prueba 3 el detective Capricornio

Cada prueba que Gaia confirmaba la hacía sentirse más orgullosa de sí misma.

Esta última parada coronaría una cadena de aciertos que, según ella, había comenzado desde el mismo instante en que abrió la investigación.

Próxima parada: la central de la Policía Cósmica.

—¡Hola, buenas tardes! —saludó Gaia al llegar a la recepción.

—Hola, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Se encuentra el detective Capricornio?

—¿Quién lo busca, disculpe?

—Dígale que es Gaia, ¡la hija de Atlas!

El oficial de turno no tardó en marcar la extensión.

—Deme un momento… Detective, lo buscan en la entrada.

—¿Quién? —se escuchó al otro lado de la línea.

—Es Gaia, la hija de Atlas.

—¡Dios mío! ¿Qué busca esa estrella aquí? —rezongó el detective Capricornio—. Eso solo puede significar problemas al cuadrado.

—¿Qué dice, señor? —preguntó el oficial.

—Nada, nada. Solo pensaba en voz alta —repuso el detective con resignación—. Dígale que pase.

El detective jamás había olvidado sus caóticos encuentros con Gaia.

Segundos después, ella entró a su oficina con paso firme.

—¡Hola, detective! ¿Se acuerda de mí?

—Claro, ¿cómo olvidarla? —respondió él con una sonrisa evidentemente forzada.

—Detective, ustedes tienen cámaras de seguridad que cubren todo el universo, ¿verdad?

—Pues sí. Vigilamos absolutamente todo. Ese sistema se implementó después de la misteriosa desaparición de aquel sujeto, ¿recuerda?

—Sí, cómo olvidarlo… ¡Jamás! —repuso Gaia, disimulando—. Bueno, detective, sucede que se me perdieron unos aretes y creo que fue por el área del Caribe. ¿Usted cree que podríamos revisar las grabaciones? Me parece que fue anteayer.

Capricornio la observó con suspicacia.

—Una pregunta, señorita. ¿Y qué hacía usted merodeando por el Caribe?

—Nada en particular. Simplemente observaba la playa; me encanta el color turquesa del mar Caribe —explicó ella con total naturalidad—. Pero le prometo que no hablé con nadie. Solo estaba allí y nadie me vio.

—Ajá…

Usted sabe perfectamente que los astros no pueden hablar con los seres humanos, ¿verdad? A menos que ellos les hablen primero.

—Sí, claro, lo sé. Nunca lo olvido. Gracias por recordármelo —se apresuró a responder Gaia—. Como le decía, estuve por allí anteayer. Creo que cerca de la sucursal del Correo Cósmico.

—De acuerdo. Vamos a revisar los archivos.

Capricornio comenzó a teclear en su computadora.

Instantes después, ambos observaban las grabaciones en una enorme pantalla.

De pronto, exactamente a las diez de la mañana, apareció en el recuadro el Poeta mismo, llevando un paquete entre las manos.

Gaia sintió un vuelco de triunfo.

«Prueba tres.

No hay forma de que te me escapes, Poeta.

Fuiste tú.

Es la prueba final.»

Miró al detective, fingiendo sorpresa.

—¡Oh, detective! Disculpe. Creo que me confundí por completo. Pensé que había perdido el arete, pero mire… aquí lo tengo puesto en mi oreja.

Qué despistada soy.

El detective, que ya conocía sus dramas, apenas suspiró.

—Sí, cómo no, señorita. Esas confusiones ocurren todos los días.

—Bueno, pues que pase una excelente tarde.

En cuanto salió del edificio, Gaia tomó el teléfono de tecnología mística que le había regalado su padre, aquel aparato atemporal que podía utilizarse en cualquier rincón del universo y que prácticamente nadie más poseía.

Marcó a toda prisa el número de su mejor amiga.

—¡Electra! Tengo todas las pruebas que necesitaba.

Fue él.

—¿Quién? —preguntó Electra desde el otro lado del cosmos.

—El Poeta.

Electra se llevó una mano a la frente.

Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo.

Su amiga acababa de unir todos los cabos sueltos.

Y aunque estuvieran equivocados, ya no existía fuerza humana ni cósmica capaz de hacerla cambiar de opinión.