La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Prueba 2 el Caribe
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Prueba 2 el Caribe

Próxima parada: las oficinas centrales del Correo Cósmico.

—¡Buenas tardes! —saludó Gaia al llegar al mostrador.

—Sí, buenas tardes. ¿En qué le puedo servir? —respondió el empleado de turno.

—Lo que pasa es que me llegó este paquete ayer, pero al parecer la persona que lo envió olvidó poner su nombre en el remitente. ¿Usted tendría en sus registros el dato de quién lo mandó?

—Mire, señora estrella… nosotros no podemos facilitar esa información. ¡Es estrictamente confidencial!

—Ah, ya entiendo. Disculpe —dijo Gaia, forzando una sonrisa.

Por dentro, se mordía los labios para no decirle unas cuantas verdades al asteroide que atendía Servicio al Cliente.

Solo pensaba:

«¿Pero quién se cree este infeliz asteroide? ¡Se nota que no sabe quién soy!».

—Pero una pregunta, joven… —insistió—. ¿Usted cree que, si hablo con su supervisor, él podría facilitarme la información?

—Bueno… eso está difícil, pero puede intentarlo.

Gaia no perdió tiempo y se dirigió a la oficina principal.

—Hola, sí. ¿Cómo está? Necesito muchísimo de su ayuda —dijo Gaia, modulando una voz fina, elegante y sumamente seductora.

El supervisor, deslumbrado por aquellas mejillas azules y brillantes, respondió:

—¡En lo que usted necesite, hermosa dama! Dígame, ¿cómo puedo ayudarla?

—Necesito saber con urgencia quién me envió este paquete.

—¡Ah! Eso es complicado —dudó el supervisor por un instante—. Revelar esa información solo es posible con la autorización del protector del universo.

—¿Quién? ¿Atlas?

—Sí, él mismo.

—¿Ayudaría en algo si le digo que soy Gaia, la hija predilecta de Atlas? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó el supervisor, poniéndose de pie—. Sabía yo que su rostro se me hacía conocido. ¡Sepa usted que soy su más fiel admirador!

—¡Oh, sí! Jajaja… Es difícil no admirarme, ¿verdad? —bromeó Gaia, saboreando su victoria—. Ahora, lindo… ¿podrías ayudarme con el registro?

—Está bien, pero, por favor, se lo ruego… ¡no le diga a nadie! ¿Me presta el paquete?

—Aquí está.

El supervisor escaneó el código cósmico y revisó la pantalla de su terminal.

—¡Oh! Mire usted… este paquete fue enviado desde el planeta Tierra.

—¿Y quién lo manda?

El corazón de Gaia comenzó a palpitar a mil por hora.

El supervisor entornó los ojos frente a la pantalla y suspiró.

—Dice solamente: «De tu admirador secreto». El nombre real está encriptado. Pero, si de algo le sirve el dato de tránsito, fue enviado desde una región específica.

—¿Cuál? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante.

—¡El Caribe!

—¡Oh! Entiendo… Muchísimas gracias. Eres un amor.

Gaia salió de la oficina del Correo Cósmico riendo a carcajadas limpias por los pasillos.

—¡Te tengo!

¡El Caribe… te tengo, Poeta!

El Caribe. Justo donde nace la poesía.

¡Qué tonto eres!

No sé si lo eres de verdad o si lo hiciste demasiado obvio para que una detective como yo lo descifrara.

—¡Prueba 2 superada! —declaró, rebosante de orgullo y vanidad por su espectacular descubrimiento.