Prueba 1
No había tiempo que perder; Gaia necesitaba probar su tesis de que el Poeta era quien le había enviado el perfume y la nota.
En cuanto terminó su turno en el firmamento, corrió a sus habitaciones para iniciar, a todo vapor, su investigación.
Frente al espejo, arregló su cabello, aplicó tenuemente brillo labial y roció sobre sí unas cuantas gotas del perfume.
Luego tomó la botella entre sus manos, la observó con adoración y le plantó un beso.
Al verse reflejada nuevamente, se guiñó un ojo y dijo con una sonrisa medio burlona:
—La verdad es que soy hermosa.
Acomodó unas hebras rebeldes de su cabellera y salió disparada.
¡Iba a confirmar algo!
¿A dónde?
No a la Tierra, precisamente…
¡Se fue a ver a Hamal!
Cuando llegó al lugar, lo encontró sentado, jugando a las canicas con unos planetas de la zona.
Lo saludó cordialmente:
—¡Holis, Hamal! ¿Cómo estás?
Hamal, en cuanto la vio, sintió de nuevo que se le iban las luces.
Ya era costumbre.
Le ocurría cada vez que la tenía cerca, y Gaia estaba perfectamente consciente de ello.
—¡Ho… ho… hola, Gaia! —tartamudeó el gigante.
—Hamal, ¿qué notas diferente en mí?
—Pues… ¡no lo sé! —respondió él, llevándose una mano a la cabeza, desconcertado por la pregunta.
—Ah, olvídalo.
Entonces… ¿te gusta el perfume?
—¿Qué perfume?
—¿El que me regalaste?
—Yo… yo no te he regalado ningún perfume —aseguró él, parpadeando.
—¡Jajaja! ¡Estaba bromeando! Por supuesto que no me has regalado nada.
Gaia pensó para sus adentros:
«Tenía toda la razón… este es demasiado sonso».
—Tengo la Prueba 1 lista.
¡Vamos por la próxima! —se dijo a sí misma.
Solo permaneció unos minutos en el lugar.
Después se inventó que había olvidado una diligencia importante y se despidió, dejando al pobre Hamal cubierto de polvo estelar por la velocidad con la que se había marchado.