La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Poeta
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Poeta

La felicidad invadía a Gaia con una fuerza tan arrolladora que la mantenía pensativa casi todo el tiempo mientras trabajaba.

Tanto era así que Electra, al notar su silencio, no pudo contener la curiosidad.

—¡Gaia! Estás muy feliz hoy. No has hablado en toda la noche y, para colmo, te veo más radiante que nunca.

—Electra… sucedió algo que no me esperaba.

—¿Qué será?

—¡Mira lo que me llegó hoy! —dijo Gaia, mostrándolo con evidente orgullo.

—¿Un perfume? ¿Y? —contestó Electra, encogiéndose de hombros.

—¡Sí, un perfume! Pero mira este detalle…

Gaia sacó la nota con delicadeza y se la enseñó a Electra.

Su amiga la leyó con atención y exclamó:

—¡Guau! Qué hermoso detalle. Pero no dice quién lo envía.

—¡No! Pero tengo una firme sospecha de quién es.

—Mira esos cinco puntos —observó Electra, examinando el papel—. Gaia, es obvio. No seas tonta… ¡Hamal!

—No creo que haya sido él —replicó Gaia—. Es muy sonso para algo así.

Además, mira la delicadeza de la escritura.

¿No se te parece a alguien?

—Pues ni idea.

—Ay, amiga, no sé qué hacer. Estoy que tiemblo. Se me van las luces por momentos.

¿Será que finalmente vio la estrella que soy?

—Gaia, eres una estrella.

—Te equivocas.

Yo soy LA ESTRELLA.

—Mira esos cinco puntos otra vez. La letra, el mensaje… Todo coincide —aseguró Gaia.

Y solo una persona en el universo pudo escribir algo tan hermoso.

—¡NOOOOOOO! —abrió los ojos Electra.

—¡SIIIIIIIIII!

—¡NOOOOOO!

Las dos estrellas dijeron al unísono:

—¡EL POETA!

—¿En serio lo crees? ¿Y qué vas a hacer ahora?

—No lo sé —confesó Gaia, bajando la mirada—. Lo único que deseo es acariciar la idea de que este perfume y esta nota sean el comienzo de algo que he estado esperando desde hace mucho tiempo.

—¿Que el Poeta se enamore de ti?

—¡No, Electra!

Deseo que alguien vea realmente quién soy.

Que entienda que no solo sirvo para brillar en el firmamento…

Que soy algo más.

—Mi amiga… yo te veo —le recordó Electra con ternura, tomándola de la mano.

—Y por eso le agradezco al cosmos por ti —contestó Gaia, observando a su mejor amiga con un profundo amor y un respeto renovado por la calidez con la que siempre la miraba.