La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Ansiedad
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Ansiedad

A la vez que Gaia daba rienda suelta a su imaginación, meditando sobre la nota que había recibido junto al perfume, el Banco no podía calmar los nervios de no saber si el paquete había llegado a sus manos.

—Poeta, ¿seguro que el paquete llegaba hoy? —preguntó.

—Sí, Banco, seguro —contestó el Poeta, mirándolo con una sonrisa casi burlona.

—¿Y le llegaría?

—¡No lo sé, Banco!

—¿Puedes confirmar con el correo?

—Les pedí que me notificaran de la entrega. ¡Banco, deja el nerviosismo! Tranquilo.

—¿Seguro que pusiste la dirección correcta?

—Banco, en el universo entero saben quién es Gaia —le recordó el Poeta—. El correo no se perdería por eso.

—¡Bueno! —suspiró el Banco, intentando calmarse.

Después de una breve pausa, continuó:

—¿Sabes qué, Poeta? De todo esto, lo único que podría preocuparme un poco sería que ella se enterara de que quien la corteja bajo las sombras es un banco de madera.

Una profunda tristeza asaltó al Banco en cuanto aquella idea cruzó por su mente.

El Poeta, al notar su desánimo, respondió con firmeza:

—Banco, cualquier ser del universo que tenga la dicha de tenerte como enamorado debería dar las gracias a todo el cosmos.

Tú brindas algo que no se encuentra todos los días.

—¿Qué cosa, Poeta?

—Brindas una luz que no se apaga, un amor que sana y un propósito que trasciende.

—Poeta… como siempre, me dejas sin palabras.

Ambos guardaron silencio durante un instante.

Observaron el firmamento y parecía que el cosmos entero estaba lleno de júbilo.

Y, entre tantas constelaciones, había una estrella en particular que titilaba claramente feliz.