¿Me cambiaron a la niña?
Atlas había llegado de su arduo trabajo sosteniendo el firmamento.
Buscó el diario de la tarde y recordó que esperaba correspondencia, por lo que alzó la voz:
—¡Gaia! ¿Llegó el correo cósmico?
—No sé, padre —contestó ella desde su habitación—. La verdad, tú sabes que nunca me llega nada. No sé ni para qué existe ese servicio. ¡Jamás recibo cartas!
—¡Mija, estás de suerte! —exclamó Atlas—. Aquí hay un paquete… y dice «Gaia».
—¿Qué? ¿Qué? ¿En serio, pá? ¿No es una broma? —Gaia apareció corriendo—. No juegues con mis sentimientos. Es la primera vez que me llega algo desde que gané el concurso de Miss Cosmo.
¡Uy, qué felicidad!
¿Será otro certificado?
Porque el que me enviaron la otra vez ya caducó.
¡Dámelo! Quiero ver. Estoy ansiosa.
—¡Tranquila, mi niña! Aquí está —dijo Atlas, entregándoselo con una sonrisa.
Gaia tomó el paquete y lo abrió con tanta ansiedad que por poco rompe el frasco.
Al ver el perfume de los dioses, solo pudo exclamar:
—¡Guau! ¡Mi favorito!
Al lado de la fragancia descubrió la nota.
Comenzó a leerla en voz baja y, a medida que avanzaba en la lectura, el corazón de Gaia parpadeaba al ritmo de cada palabra, y su rostro se encendía y se apagaba como una estrella que no decide si brillar o esconderse.
Era el colapso absoluto.
Nunca nadie le había escrito algo tan profundo.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Gaia, por primera vez en toda su vida cósmica, no supo qué decir.
Su padre, extrañado por el silencio, le preguntó qué le pasaba.
Pero ella solo sonreía de oreja a oreja… si es que las estrellas tienen orejas.
No le salía ni una sola palabra.
Atlas, asombrado, exclamó:
—¿Me cambiaron a la niña?
Gaia lo miró con una dulzura inédita.
Le dio un tierno beso en la frente y le susurró:
—Hablamos en un rato. Te amo, pá.
Y se retiró flotando hacia su cuarto, abrazando la nota contra su pecho.